Estamos invitados a tomar el té

Sobre “Secuestro Express” de Jonathan Jakubowicz (Venezuela, 2005)

Un primerísimo primer plano de unos ojos feroces, una nariz que respira agitada y una bocaza que amenaza. Una pistola que apunta en una ruleta rusa obligada. Un disparo que nos estremece… La inconfundible voz del popular locutor Chile Veloz: “Cinco de la mañana en Caracas”. Estamos en una ciudad que, mientras se despereza, es tierra de nadie. Latinoamérica, cada vez más lejos del soñado “primer mundo”, vive en cada una de sus capitales, y a su manera, la pesadilla que, a modo de abreboca, nos brinda este plano brutal con que comienza Secuestro Express.

 Hablamos de la primera película venezolana comprada por un estudio hollywoodense, Miramax. Jonathan Jakubowicz, su director, es también autor del documental Los barcos de la esperanza, relato de la llegada a Venezuela de los primeros inmigrantes judíos. Con Secuestro Express logró ocupar veinte salas comerciales venezolanas el día del estreno, un hecho inédito en su país.

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 Un plano aéreo recorre la vastedad cerril de la ciudad, cinturón de pobreza, que encierra entre sus fauces las urbanizaciones de las clases sociales más acomodadas. En este contraste ofrecido durante los primeros minutos del film, apoyado por los veloces barridos sobre calles citadinas y centros comerciales e imágenes de archivo del Caracazo, está el germen del discurso que desarrolla Jakubowicz.

 El secuestro de una joven pareja por parte de tres delincuentes es sólo un pretexto para mostrar el deterioro social que vive una ciudad como Caracas, donde la vida ha dejado de tener sentido existencial para convertirse sólo en un valor de cambio. Con una narración muy ágil, por momentos enfebrecida, movimientos de cámara muy rápidos o metáforas muy elementales (al aspirar cocaína uno de los personajes, la cámara se dirige, a gran velocidad, por un túnel), pantallas divididas en dos, en cuatro, contando situaciones paralelas, en las que el contraste no hace sino subrayar la locura que se está viviendo (la hija le pide la bendición al hombre que ha golpeado brutalmente al secuestrado, la cruz que cuelga del cuello del delincuente se agita entre las piernas de la joven que intenta violar…).

 Las víctimas son burgueses que gastan sus horas de ocio en discotecas, casinos o casas retiradas de la caótica ciudad, y que se trasladan en autos cada vez más ostentosos, como si hubiera necesidad de demostrar su opulencia. Los victimarios, delincuentes que buscan sobrevivir con lo que mejor saben hacer: asaltar, secuestrar, robar, matar… En algún punto, encontramos entre ellos similitudes y contrastes. Tanto los “sifrinos” como los “malandros” consumen drogas sin límites. Eso los hace más vulnerables, más agresivos, más resistentes. Víctimas y victimarios se relacionan a partir de la necesidad de supervivencia. Todo esto en un clima que desvanece los límites entre la violencia y la piedad.

 Contada a la manera de Después de hora (After Hours, Martin Scorsese, 1985), las vicisitudes por las que pasa la pareja parecieran no tener final. Si al principio, tanto las víctimas como los victimarios eran dos fuerzas desiguales constituidas por seres esquemáticos, será a través de la convivencia que podremos rescatar aquellos rasgos que los hacen únicos e irrepetibles. La admiración de Jakubowicz por el cine de Tarantino y Rodríguez está a la vista en el montaje dinámico de sus imágenes, en la efervescencia de la violencia, en el humor entrelineado, en la música adecuada… Secuestro Express es un cóctel de adrenalina que no da respiro al espectador, cada escena lo va preparando para una peor, otra peor… y otra más.

 ¿Personajes simples, unidimensionales? ¿Situaciones ficticias, exageradas? Nada de eso. Existe, sí, cierto barroquismo en la concentración de situaciones violentas y agobiantes en tan pocas horas, y la certeza de que todo el mundo está involucrado en el universo delictivo que no deja ni una puerta para la huida, que los personajes aparentemente lineales, amorales, tienen visos de humanidad, aunque siempre la parte oscura quiera imponerse. Víctimas y victimarios son seres enfermos, unos de saciedad, otros de ansiedad por obtener aquello que a los primeros les sobra.

 Si bien el efectismo formal mantiene la atención del espectador de manera incondicional durante toda la película, el final, con tono de moraleja, pareciera una escena trasplantada para cerrar la inacabable pesadilla. Quizá sea la parte más floja del film, y quizá sea esto lo que le quite la fuerza que mantuvo durante todo el transcurrir de la historia. Porque, además, para que no quede duda, como si el espectador no hubiera entendido la solución propuesta, escuchamos la siguiente frase: “La mitad se muere de hambre, la otra mitad de gordura. Hay dos opciones: o enfrentamos al monstruo, o lo invitamos a comer”.

 Enfrentar al monstruo supone un cambio profundo, estructural, en una sociedad enferma o deteriorada hasta los niveles que muestra Secuestro Express… Invitarlo a comer pareciera tener que ver con la beneficencia… La fuerza del filme se desvanece en esos últimos minutos en que vemos a Carla conduciendo un automóvil más modesto para no tentar a los criminales. Una propuesta que llega a ser risible, porque no es exactamente una solución, sino una postura hipócrita y falsa.

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  • Maria Eugenia Mayer

    Hola Liliana, me gusta como siempre tu comentario; pero la escena final de la peli me parece estupenda. No sé cómo se las arregla el director pero logra meter un cambio total de ritmo, muy necesario, al final de Secuestro Express, y al mismo tiempo esta escena clausura con indecible infinita tristeza la violencia insensata de Vzla.
    Yo vi a la actriz, postrada de rodillas, gimiendo, mirando alrededor a ver de dónde le viene la ayuda, como una imagen desconsoladora no de la mujer venezolana clasemedia, sino de Venezuela misma, violenta nación, con una tradición multisecular de violencia que supera a las de México y Colombia. Venezuela tuvo una guerra federal en la que mataron a más gente que en la de la Independencia, porque fue una guerra racial y de clase social.
    Venezuela lleva todo un (1) siglo, desde que hay estadísticas, entre los 5 países más violentos del mundo.
    María Eugenia

  • http://www.aulacritica.com Liliana Sáez

    María Eugenia, agradezco tu comentario, pues me permite aclarar mi último párrafo, dedicado al final de Secuestro Express.
    Ante todo, quisiera contarte que conozco Venezuela, pues he vivido allí durante veinte años, por lo que me hago cargo de todo lo dicho en mi nota.
    Cuando digo que la última escena me parece ineficaz, es porque creo que la solución no está en cambiar el automóvil por uno más modesto para “engañar” a los ladrones y secuestradores sobre los bienes de las personas, sino creo que la sociedad venezolana necesita un cambio más profundo (por ejemplo: educativo, de mayor igualdad social, de mayores posibilidades de trabajo para todos, en fin…). Creo que hay un problema estructural y por eso pienso que la solución que aporta el film es más bien superficial.
    Espero haberme explicado. La película es contundente, excelentemente filmada, pero decae hacia el final, ¡y cómo!

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