“Año uña” de Jonás Cuarón

(México, 2007)

 Es la historia de Diego y Molly, de un chico mexicano de unos catorce años y una chica norteamericana de unos veintitantos. La película sigue el recorrido de las vidas de estos personajes a lo largo de un año. El año en que Diego sufre de un intenso dolor en la uña de uno de los dedos de su pié. El año en que Molly se la pasa viajando varias veces a México, en busca de quién sabe qué cosa. Escapando quizás de una realidad universitaria -es estudiante de sociología en la Universidad de Nueva York- que le resulta insatisfactoria e insoportable.

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 A través de este seguimiento de las vidas de Molly y Diego, -realizado con fotografías fijas, en su mayoría en blanco y negro- tenemos acceso a los más íntimos pensamientos de ambos. Y aparecen las diferencias. Y los contrastes marcados.

 La comodidad burguesa en la que viven los padres de Molly, casados desde hace más de treinta años, lo que le lleva a ella a pensar: “No sé por qué papá se enojó cuando le dije que se separara de mamá, si él me confesó que ella le había metido los cuernos. Qué esperaba que le dijera”.

Molly viaja con el dinero de sus padres. Les miente. Les oculta sus verdaderas intenciones. Ellos no la comprenden. “Si mamá supiera que lo único que quiero en la vida es ser madre, me mataría. Jamás podría entenderlo”.

 La separación de los padres de Diego, ocurrida en el momento previo al comienzo del film, lo encuentra a él confundido, perdido, un poco sin rumbo. Muy al estilo de lo que uno siente en esa época infame y en carne viva, la de la pubertad. Al mismo tiempo, la madre siente que Diego se aleja de su lado. Eso se expresa condensadamente en una secuencia brillante: la madre de Diego yendo una tarde a un parque público, para darle de comer a unos gatos sin dueño, al mismo tiempo dueños ellos mismos de esa plaza. Esta situación la lleva a reflexionar: “Me voy a ir quedando sola, poco a poco. No sé qué le pasa a Diego. Ya no le interesa pasar tiempo conmigo. Todo lo que antes le gustaba, ahora lo desprecia. Íbamos a todos lados juntos, ahora apenas nos vemos. Me tendría que haber casado de nuevo. En unos años más, ya voy a estar sola”.

 Diego tiene que cuidar a los perros de su padre. Un padre ausente, que jamás aparece en la película, excepto quizás como recuerdo dolorido del hijo, quien espera todas las tardes junto al teléfono, a una hora en especial, la hora en que el padre llama a su hijo para ver cómo se encuentra y para hablar quizás de banalidades (pero de qué otra cosa pueden hablar un padre divorciado y un hijo de catorce años) Diego no parece interesado en cuidar a los perros del padre, que se la pasan cagando todo el jardín de la casa paterna. Sino más bien, el objeto de su atención -y de su deseo adolescente- es su joven prima Emilia, por quien se babea sin remedio.

 La cuestión es que en el segundo viaje de Molly a México, ambos se conocerán, se encontrarán -porque ella alquilará una habitación de la casa en donde viven Diego y su madre- y en cierta medida se enamorarán el uno del otro. Pese a la diferencia de edad, de cultura, pese a la paranoia de Molly frente a la comida mexicana, pese a casi todas las cosas. La película es una historia de amor sugerida, jamás consumada, si es que eso les interesa, o les parece importante.

 Molly y Diego hablan de muchísimas cosas, a lo largo de sus paseos por la playa. Hablan de la muerte por ejemplo.

Molly: ¿Alguna vez viste un cuerpo muerto?

Diego: ¿Y vos?

Molly: Vi morir a mi abuela. Hace poco.

Diego: Yo vi cuando a una de las perras de mi papá la atropelló un bus. Murió al momento.

Molly: Pobrecita.

Diego. Sí…

Uno de los perros del padre, el compañero de la perra muerta, se ha quedado solo. Sin su “esposa”. Es viejito. Sus días están llegando al final. Ya no le interesa el celo de las otras perras. De esto también habla la película.

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Molly sale con distintos hombres en su Nueva York natal: su profesor de Ciencias Políticas, casado con hijos, de quien teme haberse contagiado herpes, un estudiante veinteañero pretencioso y pedante, de quien ella dice: “Si hay algo peor que los profesores, son los estudiantes presumidos que quieren ser profesores”.

 Molly se da cuenta de que Diego está enamorado de ella. Piensa que él es muy dulce, a sus catorce años. “Cuando son más grandes, los hombres piensan solamente con el pito”, reflexiona. No sabe que Diego ya está en esa fase -si es que se puede hablar de fase temporal-, como no puede ser de otra manera. La película también habla de este equívoco.

 El director fotografió todo lo que lo rodeaba durante el 2004 y el 2005, según lo que se lee en una placa colocada al comienzo del film. Y a partir de allí, casi sin darse cuenta y sin querer, construyó esta ficción, dando cuenta una vez más, que “la realidad” es siempre narrativa. Jamás es ingenua o inocente, siempre significa. La palabra realidad va entre comillas, porque no podemos dejar de señalar que nos referimos a la realidad tomada por algún dispositivo técnico, en este caso por la cámara. De lo otro, de la realidad a secas (si es que eso existe), no nos hacemos cargo. No somos responsables. O si lo somos, en todo caso, no podemos decir nada.

Sucesión de fotos fijas, que sugieren en algunos casos secuencias animadas, y que en otros sólo congelan momentos fijos en el tiempo. Momentos que no deben olvidarse. Que están ahí pura y exclusivamente porque deben captarse para dar testimonio, para anclar en el tiempo, para fijar sentimientos, espacio-tiempos, afectividades, deseos desencontrados. Sucesión de fotos que buscan captar el momento, apresar el instante, la vida de estos personajes a lo largo de un año entero, en el devenir de ese verano-otoño-invierno-primavera-verano, en el que se arma la película.

 Imágenes acompañadas de espacios sonoros construidos por voces en off omnipresentes, que ingresan y dejan al descubierto las intimidades desnudas de los pensamientos de los personajes.

Para el final, una curiosidad: la película termina con Molly haciendo escala en la ciudad de México, en tránsito durante su viaje a Buenos Aires. Ha obtenido una beca de la UBA. “No sé qué hubiera hecho sin esa beca”, piensa.

 Esta película demuestra que es posible hacer cine con muy pocos recursos. Y que hay que violentar las fronteras del cine, y por ende del campo narrativo y de la realidad (otra vez esa bendita palabra, con la que tengo cada vez más problemas), permanentemente

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  • Maria Eugenia Mayer

    Muy interesante el artículo, muy claro y bien estructurado; al leerlo me dan ganas de ver la peli, pero falta un enlace, un clip. No sé mucho de cine mexicano actual y resulta que debo hablar del tema a mi clase porque es parte del capítulo de la semana que viene. María Eugenia Sáez (Mayer)

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