Crónica de una proyección: el CDR en acción

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El balcón sobre nuestras cabezas es el mismo en el que hace poco más de 50 años se asomara Fidel Castro Ruz, el 1 de enero de 1959, para declarar el triunfo de la Revolución de los Barbudos. Estamos en el Parque (plaza) Céspedes de Santiago de Cuba, ciudad cuyo lema es: “Rebelde ayer, hospitalaria hoy, heroica siempre”. La guagua (colectivo) a disposición del X Festival Internacional de Documentales Santiago Álvarez In Memoriam, nos desprende del casco histórico urbano pasadas las ocho de la noche para transportarnos hasta la periferia santiaguera, al barrio Abel Santamaría, en el cual el CDR local (Comité de Defensa de la Revolución) organizó una proyección al aire libre, en el marco del festival.

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El Abel Santamaría es un complejo de monoblocks de unos cuatro pisos, con amplios jardines entre la vereda y las construcciones. Una zona arbolada bajo el cielo estrellado adorna las viviendas populares en esta noche de marzo, que los cubanos viven como de invierno a pesar de los más de veinte grados centígrados. Estamos en la zona 4-4-2, circunscripción 220, micro 2. El CDR Num. 7 nos da la bienvenida con una bandera que advierte: “Con la guardia en alto defendiendo el socialismo”, colgada de la puerta de una casa, junto a la bandera cubana. También hay, debajo de un árbol cerca de la pantalla, un afiche del festival y un anuncio que dice “El festival en el barrio”. “Cada vez que hay un evento cultural en Santiago, hacemos algo en el barrio. La semana pasada fue la Feria del Libro, esta vez es cine para los vecinos“, nos cuenta una de las mujeres de la organización. Mientras se junta la gente, se proyectan videos musicales. Una treintena de sillas están dispuestas y también hay una mesita y un pie de micrófono. Ni bien se acerca el contingente de periodistas e invitados, un alboroto de chico y chicas se convidan a las cámaras.

Pablo Russo y Sebastián Russo, junto a Isabel (miembro del CDR del barrio)

Pablo Russo y Sebastián Russo, junto a Isabel del CDR

  

Al llegar Lázara Herrera, directora del Festival, y otras autoridades del ICAIC (Instituto de Cine), comienza formalmente la velada documental. Isabel, pedagoga y miembro de un CDR vecino, oficia de maestra de ceremonias. Una nena recita un poema dedicado a “los cinco héroes” prisioneros del imperio. Luego todos de pie para entonar el himno nacional cubano: “¡Cuba libre! Podemos gritar, del cañón al terrible estampido, ¡Del clarín escuchad el sonido, a las armas valientes corred!”. Finalmente unas palabras de reconocimiento a Santiago Álvarez, por su vida y por su obra. Cuando empieza la exhibición, las sillas están colmadas y hay algunos espectadores dispersos por los alrededores. El documental es sobre la música tradicional de Santiago de Cuba, a partir de un recorrido entre diversos grupos que, cada uno con su estilo, mantienen vivo ese particular son cubano. A los pocos minutos, los chicos están impacientes en sus asientos, para poco tiempo después estar revoloteando libremente ya casi completamente desconectados de lo que ocurre en pantalla. Como toda proyección libre y abierta, algunos de los que se acercan por curiosidad prefieren seguir su camino, y al finalizar la obra, una fuga instantánea de cuerpos intenta evitar el debate que conduce Isabel, quien retomando sus funciones intenta contener la estampida general. “Díganme que piensan de esta hermosa película y de la música santiaguera“, insiste la mujer, por momentos personalizando las preguntas en algún incauto. Así y todo, algunos quedan en el debate dando sus opiniones y compartiendo un cafecito con porción de torta.

 

 

La desmovilización es cuestión de minutos. Se guardan sillas y banderas, la organización del festival recoge pantalla, sonido y proyector, y la guagua emprende su retorno al centro, para dejarnos debajo del mismo balcón en que tres meses atrás el Jefe de Estado, Raúl Castro, en el cincuenta aniversario de la gesta histórica, afirmara que “Las revoluciones solo avanzan y perduran cuando las lleva adelante el pueblo“. La proyección ya es un recuerdo para los habitantes del Abel Santamaría, en su mayoría vecinos que probablemente no se movilicen con frecuencia hacia los cines del casco urbano. Esta noche, pudieron disfrutar una película en pantalla grande, juntándose ante la convocatoria del comité, y compartiendo el espacio común que más les pertenece: las calles de su barrio.

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