Parque Vía

Entre el resurgimiento de la antinomia y la proliferación de la violencia

Cuando Beto -el mayordomo de una familia de la alta burguesía mejicana, destinado al cuidado de una de sus propiedades deshabitadas que se encuentra en venta- realiza sus acciones cotidianas, tales como despertarse siempre al mismo horario, asearse, comer o dormir, parece representar el género humano que describe Fichte como aquel que corresponde a los filósofos dogmáticos. Ellos son quienes no logran elevarse hasta la libertad y sólo se encuentran a sí mismos en el representarse objetos: “su imagen les es devuelta sólo por las cosas, como por un espejo. Si se les arrancan las cosas, se pierde al par su yo”.

Opuesto a este, se encuentra el otro género capital de hombre, al que pertenece el filósofo idealista, quien reconoce su independencia frente a todo lo que existe fuera de él y por lo tanto “no necesitan de las cosas para apoyo de su yo”. Tal como lo plantea la película en sus primeras escenas, la alta burguesía, dueña ausente de la casa, parece ocupar esta posición.

El dominio sobre Beto no es ejercido de manera directa: no hay quién lo vigile, ni estructuras panópticas. Sin embargo, los caminos trazados por las generaciones anteriores y por una vida sumisa, siguen siendo transitados por un cuerpo sometido a ese hábitus. No accede a las comodidades de la casa, a pesar de que están a su completa disposición: duerme en la habitación de servicio y se baña con un balde, después de haber lavado las ventanas por las que nadie mira (con sus cortinas siempre cerradas) o el jacuzzi que nunca ha usado y que ya nadie usa.

Sin embargo, esta antinomia presenta relaciones que la contradicen. Como lo ha enunciado Hegel, la mediación a través de la cual el señor se relaciona con los productos es el trabajo del siervo. En este sentido entre estos dos polos, existe un punto contacto: la casa. La propiedad es la que fundamenta y hace posible esta relación. Pero la alta burguesía ya no la necesita, por eso está a la venta; mientras que Beto se aferra a ella como a una estructura que si bien lo excluye a sus caminos marginales, se presenta como el último resquicio de su supervivencia.

Este drama coloca a la película en el foco de las discusiones contemporáneas. A diferencia del siglo XIX y principios del XX, no es la burguesía la que defiende la propiedad como herramienta de explotación de una clase sobre la otra, sino que es el excluido el que se refugia en los restos de la propiedad material que justifican su existencia. Esto se puede apreciar en el sufrimiento de Beto cada vez que algún interesado visita la casa para comprarla, pero sobre todo en la fobia que le produce cualquier contacto con el exterior. A pesar de que casi no sale de la casa, cuando se ve obligado a ello, para visitar la tumba de su madre o para hacer las compras necesarias para su supervivencia, Beto padece mareos y desmayos. Es que lo que allí encuentra es la masa: una sucesión de hombres anónimos (o sus viviendas precarias) que han quedado excluidos del sistema. Él, todavía, es un excluido que ha quedado adentro, sin embargo, cuando se venda la casa, no tendrá a qué aferrarse, ni siquiera al dinero que recibirá para poder vivir sin trabajar el resto de su vida, y es en la masa donde ve su inevitable destino.

La propiedad material, como medio de explotación pero también de contacto entre las clases, está desapareciendo; ello es lo que refleja la película. Pero no es este el resultado de una revolución socialista que distribuye la propiedad, sino el producto de una exacerbación del capitalismo que genera nuevos mecanismos de inclusión y de exclusión total. Al venderse la casa, ya no habrá mediación entre Beto y la alta burguesía y el único vínculo posible será la violencia. Tal como lo reflejan los medios de comunicación, que son el contacto diario de Beto con la realidad, en la época en que vivimos nos conecta y nos significa la tragedia.

La respuesta de la alta burguesía, al tiempo que reconstruye las antinomias, es impedir que ese único vínculo posible, la violencia, se manifieste abiertamente. Para eso, pretende monopolizarla de manera tal que se anule cualquier tipo de contacto; y esa será la única alternativa de Beto a la masa desarticulada: ejercer la violencia despiadada para recibir el castigo necesario. De allí que, detrás de los barrotes de la cárcel, intentará reconstruir su rutina diaria.

Como lo afirma Marx, se arrancan de las cadenas “las flores ilusorias para que el hombre soporte las frías y desnudas cadenas”. Mientras que la alta burguesía parece volver a oír las recomendaciones de Fichte a los aprendices de filosofía: “Fíjate en ti mismo. Desvía tu mirada de todo lo que te rodea y dirígela a tu interior”.

Bibliografía

J. G. Fichte, Introducción a la teoría de la ciencia, Sarpe, Madrid, 1984.

K. Marx, Sobre la cuestión judía, Prometeo libros, Buenos Aires, 2004.

Hegel, La fenomenología del Espíritu, Fondo de cultura económica, Méjico, 2006.

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