Una crónica sesgada - 31 Festival del Nuevo Cine Latinoamericano

La Habana, Cuba, del 3 al 13 de diciembre de 2009

 

Los festivales de cine no suelen ser eventos particularmente entrañables para quien escribe estas líneas. En el rubro festivalero, prefiero aquéllos dedicados a la música por razones varias: es más fácil conseguir entradas, es factible (siempre que así se lo desee) ver -y escuchar- la mayoría de los shows, entre la marea de público de un estadio es relativamente simple estar en paz sin ser víctima de encuentros inesperados. En lo referido al rubro cinematográfico, los ciclos de cine, las pequeñas muestras, los cineclubes y, en algunos casos, la cartelera local, son espacios más amenos para el que sólo busca encontrarse cuerpo a cuerpo con una buena película.

Coco taxi transitando por una calle de Centro Habana

Coco taxi transitando por una calle de Centro Habana

Hete aquí que si se tiene la suerte y la posibilidad de salir del país y de concurrir a un festival de cine en el exterior, las cosas cambian. Habría diversos motivos para explicar este cambio, pero sin duda el toparse con otra cultura, con otras formas de organización, de exhibición y de consumo, le otorgan a la experiencia un valor suplementario. Se trata de un valor que se vincula con la vivencia del espectador cinematográfico pero que también la excede. Desde cierta perspectiva, los elementos tradicionales que caracterizan a la experiencia del viajero como el ansia de descubrir, de conocer y de relacionarse con nuevas geografías, gentes y formas de vida, se interceptan y modulan a partir del prisma de la cultura cinematográfica. En otras palabras, se trata de un viaje mediado por la excepción: la visión y el conocimiento del otro se obtienen a partir de una circunstancia extraordinaria -el desbarajuste que un festival de cine promueve en la ciudad-, pero es precisamente dicha situación de excepción la que subraya contrastes y detalles en los modos de relación con el fenómeno-cine en el seno de ese ente impreciso, abstracto y en continúo trance que es el espectador cinematográfico.

La versión 2009 del festival de La Habana tenía una doble particularidad: se realizaba tras los festejos de los 30 años del festival acaecidos el año anterior y cerraba el ciclo de conmemoraciones de los 50 años del ICAIC (Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos) fundado en 1959, pocos días después del triunfo de la Revolución. Debido a este hecho, a la estructura de programación habitual -Sección oficial de ficción, documental, opera prima, animación, guiones inéditos y carteles; Sección paralela compuesta por un panorama actual de ficción, documental y animación, así como de ciclos dedicados al cine hecho en Cuba, a la serie “Historias de la música cubana”, a las vanguardias y al cine fantástico y de horror en Latinoamérica; Sección Otras Latitudes en la que se proyectaron diversas muestras de cine alemán, finés, italiano, polaco y noruego, entre otros; y la reciente Sección Industria - Latinoamérica Primera Copia, reservada a dicho sector, en la que pudieron verse una serie de obras en construcción de jóvenes realizadores del continente- se le sumó una selección que hizo la crítica cubana de las obras más representativas de la cinematografía del país. La misma brindó la oportunidad de disfrutar en copias en 35 milímetros de algunas piezas clave de la historia de nuestro cine como Memorias del subdesarrollo (Tomás Gutiérrez Alea, 1968), Lucía (Humberto Solás, 1968), Retrato de Teresa (Pastor Vega, 1979) y La bella del Alhambra (Enrique Pineda Barnet, 1989), entre otras. Para concluir con este racconto de la programación que ya empieza a resultar engorroso, no puede dejar de mencionarse la muestra de una selección de cortometrajes del mítico Noticiero ICAIC Latinoamericano (1960-1990) dirigido por Santiago Alvarez.

Fachada del Cine Riviera ubicado en el barrio “El Vedado”, La Habana

Fachada del Cine Riviera ubicado en el barrio “El Vedado”, La Habana

Retomando el hilo de las primeras líneas, como espectador nacido en el año 1977 en Argentina y colocando entre paréntesis una evaluación crítica de los films programados, se ubica en un lugar de privilegio la impresión que me causó todo aquello que significa el festival como fenómeno social. Durante sus diez días de duración el festival ocupa casi la totalidad de las salas de cine de la ciudad, convirtiéndose en un hecho cultural que moviliza a un amplio segmento de la población que se extiende más allá de la masa cinéfila, culta o curiosa, que define habitualmente a gran parte del público de este tipo de eventos. El festival es un fenómeno auténticamente popular y masivo, fomentado, entre otros factores, por una entrada de costo relativamente accesible (con anticipación se venden pasaportes que permiten acceder a varias películas a menor precio) y por la existencia de varias salas de gran capacidad. Desde las más “pequeñas” como La Rampa y Riviera con un promedio de 950 butacas, hasta las más amplias como Charles Chaplin y Yara, con un promedio de 1500 localidades, sorprende la movilización de semejante cantidad de gente un miércoles a las doce del mediodía concurriendo a ver una película latinoamericana de corte experimental. Para moderar esta observación debe indicarse que una importante cantidad de público concurre a ver “cine” sin más, desconociendo en ocasiones el film que se proyectará. Poco recomendable para ansiosos y obsesivos, la programación de cada día sólo se conoce la jornada anterior mediante el diario del festival y otros periódicos, por lo que el público en general se acerca a la sala más cercana y abre sus sentidos al azar. Cuál sean las razones, el resultado es sorprendente para el que viene de lejos y no conoció las grandes salas del pasado (cada vez menos reciente): una multitud comentando, discutiendo, criticando, por ejemplo, una película argentina independiente. Existe una agenda compartida dado que una gran cantidad de personas vieron (en ocasiones más de una vez) la misma película, y tienen la posibilidad de debatirla, cuestionarla e intercambiar opiniones.

Fachada del Cine La Rampa ubicado en el barrio “El Vedado”, La Habana

Fachada del Cine La Rampa ubicado en el barrio “El Vedado”, La Habana

Párrafo aparte merece el comportamiento de los espectadores durante la función. Los que se mosquean fácilmente ante ruidos y comentarios en voz alta, los que mantienen que en la sala debe reinar un silencio sepulcral, los que dicen necesitar concentración plena para ver una película (tres características con las que me identifico) se encontrarán frente a un escollo de alto impacto si desean sostener esta disposición en los cines habaneros. Un buen número de espectadores gusta de charlar abiertamente durante la proyección y a nadie parece preocuparle demasiado este hecho. Sin embargo, debe decirse que las charlas en su totalidad están enfocadas hacia el desarrollo de la trama del film, especificidad situacional que no necesariamente se respeta en las salas-chopin de estas tierras. La modalidad interactiva o participativa (que el buen Bill Nichols reservaba para definir un modo de representación documental) aquí adquiere nuevos matices -en ciertas películas en las que pisan fuerte los procesos de identificación del cine clásico- cuando los espectadores comienzan a dialogar con los personajes, desaprobando o celebrando su accionar. Son momentos vívidos en que la instancia de mediación de cualquier soporte textual desaparece y la comunicación entre obra y público se registra en todo su esplendor. Público culto y con un extenso bagaje de cultura cinematográfica, parece demostrar la inutilidad de las posturas solemnes frente a  las obras de arte y recuerda el carácter culturalmente determinado, así como transitorio y relativo, de los hábitos de recepción y consumo estéticos.

Interior Teatro Karl Marx antes de la proyección de El secreto de sus ojos en la apertura del festival

Interior Teatro Karl Marx antes de la proyección de El secreto de sus ojos en la apertura del festival

Valgan dos ejemplos como cierre de esta crónica. La apertura del festival se realizó en el Teatro Kart Marx, una sala imponente con capacidad para 5000 personas sentadas. Ante un auditorio absolutamente colmado, tras el discurso de bienvenida de Alfredo Guevara (presidente del festival) y de un mini recital de Chucho Valdez y Omara Portuondo, se proyectó El secreto de sus ojos (Juan José Campanella, 2009). Casi nadie se movió de la butaca durante las dos horas de duración del film. Los comentarios se dejaban oír como murmullos en varios sectores de la sala. Se trataba de un público que vivenciaba la película y que por tanto tenía la necesidad de ir comentándola con el compañero de la butaca aledaña. La efectividad narrativa de la obra de Campanella logró algo difícil: que pasen desapercibidos los defectos de la proyección (alto nivel de fritura en el sonido, media pantalla que reiteradamente perdía el foco y varios saltos de cuadro). Al finalizar la función el aplauso fue unánime. A la salida del cine, entre la marea de espectadores me choco con una señora (venía del mercado, llevaba consigo dos bolsas) y le pregunto qué le pareció la película. Me responde: “Me gustó mucho, ustedes los argentinos tienen una herida que no pueden cerrar y por eso la cuentan una y otra vez”. Durante los próximos días era frecuente caminar por las calles de La Habana y escuchar personas que seguían conversando, discutiendo y recomendando a sus amigos El secreto de sus ojos. Unos días más tarde se estrenaba en el festival la película de un director que admiro y considero un amigo, La invención de la carne, de Santiago Loza. Considerando la despareja recepción de la crítica especializada y la baja concurrencia de público que tuvo en Argentina me acerqué hasta la sala Charles Chaplin medio preocupado. Es una película compleja que en términos narrativos se encuentra en las antípodas de la de Campanella y ya había visto en días anteriores que los espectadores directamente vaciaban la sala cuando el film no los enganchaba. Ante mi sorpresa -y la del propio director- el cine estaba casi lleno (eran las 12:30 del mediodía). La película de Loza tiene poquísimas líneas de diálogo y es profundamente elíptica en cuanto a la información que brinda al espectador para reconstruir lo que se está contando, hay una apuesta estética sostenida desde la imagen y la puesta en escena que apunta a un orden perceptivo antes que a un orden narrativo. Si bien se percibía cierta incomodidad en el público casi nadie se movía de su asiento y era relativamente bajo el nivel de comentarios y murmullos que se escuchaba. No obstante, hacia la mitad del film, los personajes principales mantienen el diálogo más extenso ocurrido hasta ese momento. Sentados en la mesa de un bar de ruta, él le pregunta a ella: “-¿Qué pensarán de nosotros? -¿Quién? (responde ella)  -Ellos, la gente” (la trascripción es de memoria).  Acto seguido surgieron en la sala las voces que no se habían hecho oír anteriormente, el público lo sintió como una interpelación directa. Fue un minuto de bullicio hasta que todo volvió al estado precedente y así se mantuvo hasta que finalizó el film. La despedida fue con aplausos, más aislados y escasos que para el film de Campanella, pero sentidos.

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