J. Martínez Suárez habla de Enrique Juárez

Hubo 4 realizadores que encontraron la muerte a causa del terrorismo de Estado que sufrimos a partir de 1976: Raymundo Gleyzer, Jorge Cedrón, Pablo Szir y Enrique Juárez. Precisamente de Enrique Juárez se hizo un merecido homenaje en el 24º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata proyectando dos obras suyas: “La desconocida ” de 1962 y “Ya es tiempo de violencia” de 1969. Esta última nunca pudo exhibirse en el país, pues no había copias, y gracias al trabajo de Lita Stantic, quien pudo obtener una que existía en Cuba, fue que se pudo proyectar en el Festival. El homenaje fue un acto muy emotivo con la presencia de los tres hijos de Enrique Juárez.

A.G.: José usted que fue su docente y luego su amigo cuéntenos, ¿quién fue Enrique Juárez?

J.M.S.: Enrique Juárez era un jovencito cuando yo lo conocí; cuando le pregunte la edad me extrañó su respuesta : 15 años y ya tenía un proyecto para llevar adelante que era muy difícil. Me causó gracia, simpatía y también envidia de que ese chico, a esa edad, ya estuviera hablando de rodajes, actores, técnicos, escenarios, películas, laboratorios. Estábamos conversando en el café que quedaba en Córdoba 1675, al lado del cine Dilecto donde Núcleo pasaba sus funciones, entonces me pidió mi teléfono y yo se lo dí, luego se comunico conmigo y vino a casa. Cuando vino, trajo un perrito de regalo para mis hijas; para qué, no sabíamos. Era una mezcla de doberman así que nos mordió a todos, pero de todas formas, fue una de las tantas anécdotas que tuvimos con Enrique.

Había un grupo de muchachos que venían a mi casa a hablar de cine conmigo eran Cacho Espíndola, Raymundo Gleyzer, Mario Sábato y Enrique Juárez. En ese entonces era verano, y agarraban a mis tres hijas que eran chiquitas y se iban en tranvía a la Costanera Norte a bañarse, cuando todavía uno podía bañarse allí. Luego, volvían a mi casa y tomaban el café con leche a las 5 o 6 de la tarde . Así se fue formando la amistad con Enrique. Después conocí a la mamá y al papá de Enrique. El papá era un peronista, pero de esos peronistas que hay que sacarse el sombrero, porque cuando cayó el peronismo y llegó la Revolución Libertadora, se prohibió tener cualquier tipo de papel relacionado con ese partido político. El papá adosó una nueva y pequeña pared junto al fondo de la casa y ahí metió todos los libros y no quemó, ni rompió, ni deterioró ninguno , quedando todos guardados, envueltos en papel  para que no se estropearan,  porque él sabía que eso se iba a terminar, y eso se terminó. A partir de allí mi amistad con Enrique y con Demetrio fue muy importante. Enrique me invitaba a la casa y yo iba en el colectivo 15 que pasaba por la esquina de la mia y me dejaba exactamente en la puerta de la casa de él. A veces, en las tardes, íbamos a charlar de cine, íbamos a leer literatura, íbamos a estudiar algunas cosas, teníamos charlas muy extensas con Enrique; él siempre estuvo a mi lado.

Llegó un momento en que Enrique comenzaba a tener participación política en un sector con el cual yo no compartía, que era el peronismo, y fue así que entró en la clandestinidad y a mi me dió mucho miedo.

Un día, llego a mi casa de noche y no tenía la llave, no era tarde, eran las ocho y media de la noche, toco el timbre y viene un señor que se pone al lado mío; lo miré y pensé: ¿será un visitante del edificio? y me dijo : -”Hola José”, lo miro, y era Enrique, se había puesto anteojos gruesos, se había cortado el pelo, se había peinado a la gomina, se había cortado el bigote, se había puesto camisa, corbata y traje, era verdaderamente un señor muy distinguido. Era un muchacho de 27, 28 años y me dijo: -”Estoy en un apuro José, no tengo dónde dormir esta noche, estoy perseguido”. Entonces, le dije: – “Enrique, como comprenderás, no te puedo traer acá porque están mis hijas, pero yo tengo una oficina en Independencia y Paseo Colón donde podés pasar la noche, vamos para allá. Dejame un momentito que subo, saludo, hago lo que tengo que hacer y vuelvo a bajar”. Bajé y nos fuimos desde donde termina Arenales y de ahí para el lado de Independencia desde Leandro N. Alem. En un momento, como en esas casualidades que sólo se ven en las películas, se produce un pequeño congestionamiento de tráfico y al lado nuestro se detiene, exactamente a nuestra altura a 35 centímetros de distancia, un patrullero policial. Yo manejaba y le pregunto a Enrique: – “¿Qué se hace en estos casos?”, él me dice: – “Exactamente nada, somos un auto más que esta detenido por los acontecimientos”, y evidentemente así fue . Se desenvolvió el nudo que se había formado, los autos fueron para un lado y para el otro, y seguimos viaje. Luego, estacionamos en una de esas callecitas que están al lado de El Viejo Almacén. Subí al piso 23 donde tenía la oficina. Había un sillón cómodo para poder dormir, un buen botiquín para que se pueda asear, un muy buen baño y le dije: – “Enrique yo tengo un compromiso que no puedo eludir, pero voy a llamar cada hora, voy a cortar y volver a llamar para que sepas que quien está llamando soy yo”.

Más tarde, estaba comiendo con mi mujer, pero no le dije una palabra de esto ni a mi mujer ni al matrimonio amigo con el que estábamos, les pedía permiso para hablar por teléfono. A la mañana siguiente lo pasé a buscar porque se iba temprano a Rosario a ver a la familia, tal vez eran las siete menos cinco o siete menos diez, pasé por la oficina , estacioné el coche y subí. Vi que el portero estaba regando la vereda, le dije buenos días y subí. Cuando llegué arriba le toqué los timbres convenidos que era la señal, Enrique abrió y cuando llega el ascensor, a través del hueco del mismo, escuchamos unos gritos abajo, y cuando iba entrar al ascensor Enrique me dice: – “No conviene entrar en el ascensor pues quedamos encerrados, hay que bajar por la escalera, está la policía abajo”. Bajamos los 23 pisos por la escalera. Cuando llegamos, vimos que no era la policía, sino dos porteros que se estaban peleando y habían tirado los tachos de agua , se habían insultado, algunos vecinos habían intervenido, gritaban se acusaban no sé de qué tontera. La cuestión, es que llegamos a Retiro donde él me dijo que se iba para Rosario, pero realmente no viajaba a Rosario, sino que iba a pasar primero por Florida, que era la estación donde él vivía y le había avisado a los hijos que estuvieran en el puente que cruzaba las vías, y el desde el andén los saludó. Después sí volvió a Retiro, tomó el tren y se fue a Rosario. Allí fue donde lo mataron…Esa es la historia de mi querido amigo Enrique Juárez.

A.G.: ¿Qué aporte llegó a hacer Enrique para nuestro cine?

J.M.S.: Enrique fue muy valiente. Su primera película, si bien fue la típica película de un muchacho que comienza a trabajar en cine, fue más bien fácil de realizar. Se trata de un personaje que va caminando un camino, pasa un carretón presumiblemente con prostitutas, sube al mismo, hace el amor con una mujer en una forma muy discreta, sigue el viaje, y en un momento baja del carretón, el coche se va y el nunca sabrá quien era esa mujer y ella no sabrá quien era ese hombre. La película se llama “La desconocida” y guarda una cierta relación con una novela de Amorin que se llama “La carreta”.

Enrique siempre colaboró anónimamente con los grupos peronistas de extrema izquierda, lo cual no impedía que nuestra amistad continuara. Nosotros nunca hablábamos de política, y si lo hacíamos, era un poco en broma. En un momento me dice: – “José, voy a hacer una película” y le pregunto cómo se va a llamar y me dice:

- “Ya es tiempo de violencia”, con lo cual ya nos anunciaba que estaba jugado, nos estaba diciendo basta de palabras ahora hay que entrar en los hechos. En esa película se recuerdan los momentos duros y dramáticos que vivió el peronismo, el mucho castigo que sufrió por parte de los gobiernos, el castigo por parte de la policía, el castigo por parte de los militares. Enrique hizo una película muy dura, muy decente, históricamente válida donde él nos dice: Señores se ha terminado la época del diálogo, ahora hay que actuar.

La noche que lo encontré a Enrique, que casualmente estaba al lado mío y no lo había reconocido porque se había disfrazado, le pregunté: – “¿Vos no te vas a ir del país?” y me respondió: – “No. Yo me quedo en el país  donde se quedan los perejiles”.

Raymundo Gleyzer, Mario Sábato y Enrique fueron los primeros alumnos que tuve. Discutía mucho con ellos porque yo no creo en la violencia, yo creo en el convencimiento. Creo que la violencia engendra violencia, si pasa un señor y yo lo empujo, él me va a empujar a mí, entonces yo le voy a dar un bofetón y él me va a dar una trompada, y así se produce una espiral de violencia que vamos a provocar. Siempre creí en el dialogo y les reprochaba que ellos buscaran la violencia como salida, es por eso que su última película la tituló “Ya es tiempo de violencia”, porque ya no se puede seguir hablando, ya no se puede seguir explicándole a la gente, hay que actuar con las armas, hay que actuar con la violencia , hay que resolver esta situación por medio de una solución totalmente drástica y es lo que realizaron después. Tal vez haya sido lo necesario, pero aun así, no comparto ese punto de vista, nunca he compartido la violencia.

A.G.: ¿Cómo era Raymundo Gleyzer?

J.M.S.: Raymundo estuvo trabajando con Preloran, fue un hombre que se movía muy bien, llegó a hacer un largometraje llamado “México, la revolución congelada” que fue una gran película. Era un muchacho muy joven, un chico que prometía muchísimo, porque a la edad que él tenia ya estaba haciendo grandes películas elogiadas en los Estados Unidos. Los diarios y revistas socialistas establecían un parangón con relación a Raymundo, lo distinguían y era un nombre que empezaba a sonar en America Latina, hasta que tuvo que ocultarse, pues su nombre era “peligroso”, produciéndose luego su

desaparición.

A.G.: ¿Qué hay de cierto en que su película  “Los muchachos de antes no usaban arsénico” de 1976 fue la primera aproximación en nuestro cine que abordó el tema de la desaparición de personas?

J.M.S.: Cien por cien cierto. Nosotros trabajamos conjuntamente con Gius y nos dimos cuenta que el mismo presidente había dicho: – “No está, se fue, desaparecieron, puff”. Hay un momento en que nosotros repetimos esto en la película “puff desapareció”; la gente desaparecía en la película, nosotros no los podíamos encontrar en el cementerio si a veces se extraviaban, estábamos rondando toda la desaparición de la gente a través de un cuento que esperábamos que no lo advirtiera los que estaban a cargo de la autorización de películas. A tal extremo. En la película, trabajamos mucho con versículos bíblicos para determinados momentos de la misma y terminaba con uno muy determinante que decía: – “No tengáis envidia de los que hacen iniquidad porque como hierba serán cortados”, es decir, no tengamos envidia de los que están al frente al Gobierno porque como hierba pronto serán cortados. Y fueron cortados como hierba, algunos murieron, Massera está internado desde hace 7 u 8 años en el Hospital Naval en un estado clínico casi fuera de la vida, Videla está detenido domiciliariamente y etc, etc. Es decir que como hierba fueron cortados.

A.G. : Muchísimas gracias José por estos recuerdos.

Tambien en “La Rosa Brindada” – AM 1110 Radio Ciudad Bs As
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