“Gorri”, de Carmen Guarini

Herencia(s)

Gorri es, además del apócope del artista plástico Carlos Gorriarena, el signo de una intimidad, de un afecto, de una estima pública por una figura incisiva, incidente, clave. Es, claro, también, una película, la última de la documentalista argentina Carmen Guarini. Y su apuesta/propuesta no se limita, como podría sugerir su actitud observacional, a “mostrar” al personaje, su obra, su entorno, su herencia. No. Su cámara, sus imágenes, construyen tiempo: un tiempo expresado en el ímpetu trágico -insatisfecho- por intentar llenar esa ausencia (la de Gorriarena, muerto en el 2007) con palabras. Y las imágenes como vínculo, como engarce, como huella, entre ese vacío y la necesidad de su envés. La cautela respetuosa y sigilosa de una cámara que avanza sobre esas imposibilidades, construyendo un letargo, el que acompaña a toda desaparición física, en este caso suplida, además -como se puede-, con ese “suplemento de vida”, que es la obra.

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He ahí otra capa (quizás la misma, como síntoma, como reverso trágico): “toda imagen es un mito que comienza”, dice Adolfo Colombres, y en Gorri se presumen retazos, huellas de ese amanecer mítico. Un florecimiento que así todo (y como no podría ser de otro modo) está en disputa. Las interpretaciones, es decir, los diversos desentrañamientos de los signos que nos rodean y constituyen, se dan, en tanto disputa. Y es que aquello que llamamos cultura es, de hecho, esa urdimbre donde la batalla por la interpretación (la fidedigna, la legítima) se lleva a cabo. Y ante la muerte de Gorriarena, lo que recomienza es esa disputa. Por el recuerdo, los objetos, la figura (el hombre, el artista), la  leyenda (en construcción) ¿Qué dice la obra de un autor? ¿Cuál fue el motivo, el interés del artista? Y las palabras siempre resultan escasas. En Gorri este movimiento fallido (pero inevitable) se expresa en toda su amabilidad, en toda su imposibilidad, en toda su aturdida vitalidad.

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¿Qué mostrar? ¿Cómo mostrar? ¿Cuánto? ¿Por qué? Preguntas que tácita y explícitamente se hacen, y con motivaciones dispares, tanto la directora, como Sylvia Vesco (su mujer), los distintos especialistas, los amigos de Gorriarena, ante la exhibición que se realizará sobre su obra -excusa/motor de la película- Preguntas que así mismo exceden a esta muestra, a este artista, y se vuelven preguntas sobre el arte, ante el arte. Sobre la(s) herencia(s), y ante la idealización, la fetichización. La herencia no solo dineraria (pero también), sino ideológica, formal: el dilema de heredar (la sociedad) esos objetos, que hablan, laten, pero que siempre están prestos a procesos de musealización (previa extracción del mundo, vía su idealización) Y ahí el trabajo de Guarini vuelve a mostrarse bálsamo ante estos riesgos: lo oímos al propio Gorri, lo oímos y vemos, lo sentimos. Su presencia -su estar ahí- corroe toda posibilidad de desactivación de la potencia de su obra. Su excelsa vitalidad, su profunda y simple agudeza, su tórrido achaque contra correcciones formales (ideológicas, políticas, estéticas), hacen que el discurso institucionalizado (institucionalizante), también -siempre- presente, se muestre inocuo, absurdo, letra muerta.

 

Gorri (2010, Argentina) Guión y Dirección: Carmen Guarini. Fotografía: Carmen Guarini, Martín Céspedes. Montaje: Martín Céspedes. Sonido: Ignacio Viano. Producción: EL DESENCANTO SRL. Con la participación de German Gargano, Mariano Sapia, Jorge Gonzalez Perrín, Raúl Santana, Daniel Santoro, Susana Saravia, Sylvia Vesco y Diana Wechsler.

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