Madre no hay una sola. A propósito del cine de Ripstein-Garciadiego y el film “Las razones del corazón”

El melodrama es posiblemente el efecto narrativo predilecto de la cultura popular latinoamericana, con la telenovela en la cúspide y las lágrimas de familiares desencontrados en los sets televisivos estilo “Gente buscando gente”. La postura melodramática, presente en múltiples encarnaciones, es la pieza esencial para entender la maquinaria narrativa que México ha forjado en su cine, especialmente en la llamada época de oro entre los años 1935-55.

Los filmes mexicanos que se centran en el ambiente familiar – muy común por entonces –, tienen a la figura de la madre como ícono de su imaginario y eje fundamental del prototipo dramático. Así se presentan: abnegados cuerpecitos cubiertos por una blanca cabellera  ostentada como signo de su puro amor y sufrimiento, capaces de cualquier renunciamiento en pos de sus hijos que cancela cualquier otra posibilidad de ser..  Con la emoción hecha en carne y hueso, derrochan bondad y expresan sentimientos en una sinfonía de muecas, llantos, mohines de dolor, miradas largas, suspiros, rezos. Retórica del exceso constitutiva de todo melodrama que se precie.

La madre es además el indiscutible guardián de la moral del cine mexicano, modelo del comportamiento apropiado y aprobado de la mujer como registro visual y oral de una moral conservadora y estrictamente homogeneizante de roles. Como una virgen, la imagen de la madre se emplaza asexuada, sin más deseo que el deseo de sacrificio y perdón dirigido al amor a sus hijos, el cual se define como ilimitado e incondicional. La frase: “La madre que abandona a un hijo no es madre, ni siquiera mujer”, en boca de alguna protagonista de manera explícita o sugerida en cualquiera de los films, porta  una idea axial que define al rol que personifica la madre del melodrama. Una valoración donde prevalece el hecho de ser madre antes que ser mujer, en detrimento de  la carga sexual correspondiente y definida su identidad en función de ése sólo vínculo. Una carga muy  profunda en la asignación de estereotipos femeninos construidos en el apogeo del cine mexicano y también en el argentino.

El director Arturo Ripstein y la guionista Paz Alicia Garcíadiego no sólo se atrevieron a torcer este ícono sino que también lo han transformado en la punta de lanza de un proyecto cinematográfico hace más de dos décadas.

El desmantelamiento de la imagen de la madre, incluye negarse a la posición sumisa, cuestionar la maternidad como deber femenino y poner en jaque al instinto de madre como explicación asociada a cualquier acto.

Antes de Garcíadiego, Ripstein se ocupaba más de la figura del padre,  – “El castillo de la pureza” o “El lugar sin límites”, por nombrar algunas obras. Con la letra de la guionista, a mediados de los años 80 se disloca la figura de la madre, allí en el corazón de las clases populares o no tanto y se convierte uno de los tópicos principales de la dupla. Los puntos más altos fueron: “La mujer del puerto” (1991), “Principio y fin” (1993), “La reina de la noche” (1994) y “Profundo carmesí” (1996), la primera que resonó con cierta fuerza cuando se exhibió en Argentina permitiendo el estreno de las demás, en retrospectiva. Con Garcíadiego, el cine de Ripstein, se torna un cine oscuro, sofocante, algo deprimente, guardando una cuota de humor al destino fatalista y una mirada trágica sobre las relaciones familiares.

Años antes, como hito desmitificante del perfil de madre, merece un párrafo aparte Luis Buñuel que en la etapa mexicana filma “Los olvidados” en 1950. ¿Cómo  recordar  a esa madre que se rehúsa a dar de comer a su hijo? Buñuel fue repudiado por esa escena, expulsado – incluso-, de los círculos artísticos, cinematográficos y de otros. La conexión Ripstein-Buñuel, va más allá de relación de estilos y de escenas controvertidas ya que el mexicano tuvo relación directa con el director y fue su asistente en “El ángel exterminador”.

Pero las madres de Ripstein-Garcíadiego van mucho más allá. La madre de “Principio y fin” es terriblemente manipuladora utilizando el sentimiento de culpa y el discurso moral para mantener el control de la familia. En su meticulosa planificación familiar, reproduce a rajatabla el modelo machista: la hija debe postergarse a merced de que los varones triunfen profesionalmente y puedan ser el sostén económico de la familia. El plan fracasa y termina en suicidios. En “La reina de la noche”, la cantante Lucha Reyes recibe un edificante consejo de su madre: “Lo mejor es suicidarse ya que no has sido buena para nada”. En “Profundo Carmesí”, la personal protagonista, abandona a sus dos pequeños hijos – que se los vea tan indefensos funciona como un elemento nuevo de ruptura -, para ir en búsqueda de un improbable amante que mantiene por correspondencia.

Pero es en “La mujer del puerto”, la película de iniciación de la pareja, donde los límites del melodrama se extreman hasta la perturbación.

Basada en un cuento de Maupassant, trata la historia de una mujer que se hace prostituta en el puerto de Veracruz y luego de acostarse con un marinero, ambos se dan cuenta que son hermanos. Ella, en lugar de suicidarse como en el cuento,  no se inmuta y le propone a su hermano vivir el amor plenamente (“un pecado más, qué más da” –dirá). En cambio, él es el que se horroriza y violento,  la abandona. Ella ahora sí, reacciona cortándose las venas con una latita oxidada de sardinas.  Se salva y descubre que está embarazada. Aborta. Al tiempo, vuelve el hermano para que juntos formen una familia. Final feliz.  La atrapante complejidad de la película es la estructura narrativa, contada tres veces desde el punto de vista de tres personajes diferentes donde  cada historia no sólo se complementa sino que también se contradice, combinando flashback que van haciendo avanzar la historia. Y ahí descolla la figura de la madre de ambos atacando de lleno las premisas constitutivas del melodrama. Esta madre encarna la fusión de dos personajes claves: la puta y la madre, una mujer que se la pasa maldiciendo, entre otras cosas, el hecho de ser madre, le propina una terrible golpiza a su hija y la prostituye desde casi niña. Pero adquiere una profundidad especial cuando en el tercer acto, se cuenta la historia desde su perspectiva y se descubre que fue ella quien hace que regrese su hijo en lo que resulta un inmenso acto de amor hacia su hija. Lo mismo sucede en la escena del aborto, filmada en los típicos planos secuencia de Ripstein, que en versión de la madre se torna turbulenta pero también muy afectuosa. Este film, contiene todos los elementos del melodrama pero desentendiéndose adrede del requisito moral. La pareja de hermanos, dichosa en el final, corona la idea.
20 años después, en el 2011, esta vez con la adaptación de Madame Bovary de Gustave Flaubert, Ripstein, una vez más, retrata la sordidez, el dolor y la podredumbre en un aplastante blanco y negro. Con “Las razones del corazón” vuelve al melodrama, a los personajes asfixiantes y asfixiados, al deseo, al amor y a los roles trastocado. La protagonista, encerrada en un edificio, entre el llanto y los dilemas existenciales, sufre por el desdén de su amante. Al igual que en “La mujer del puerto” Garciadiego e atreve a deshacer los parámetros morales que sostienen a la sociedad, esta vez haciendo foco en la el adulterio, en el pecado, en las acciones de una mujer no sabe bien qué quiere, que está detesta su vida y que no tiene freno.

La inconformidad constitutiva de la protagonista – que podría recordar al mismo Flaubert en su interminable búsqueda de “la palabra exacta” -, la hace girar en temas como la prisión perpetua del amor prohibido, el rol de madre mal llevada como un nuevo vacío y por el angustiante peso de los días siempre iguales.

Desilusionada con la mediocridad de su vida, abandonada por su amante, embargada por el banco y ante la relación con su hija de 11 años que no levanta, decide suicidarse. Este trágico suceso acercará a los dos hombres que le acompañaron en vida: su marido cornudo y el amante esquivo. Pero si bien Garciadiego dice que quiso escribir una historia sobre el adulterio femenino e indudablemente lo es, el otro elemento interesante del filme es la relación familiar entre la madre y la hija que nunca encuentra el punto de inflexión y resulta una carga adicional, lenta pero precisa del film. La densidad llega al punto máximo al insistirle a la niña que por favor “no me perdones nunca todo lo que te estoy haciendo”, dejando relucir el envés tierno de esta madre fatalista que no tiene mejor idea que dejarle como madre sustituta, la suya propia, madre a quién detesta y la maldice en varios pasajes, como parte activa del resultado de su infelicidad e incluso, hasta de  la decisión de quitarse la vida. En este sentido, el cineasta le hace un guiño a “El castillo de la pureza” por la presencia de un matarratas caducado elegido como veneno letal y una vez más, produciendo un clima sórdido, y un ambiente con espejos rotos, bañera repleta de agua y un sensual vestido negro que habla plenamente de la  muerte.

Finalmente, la guionista mexicana humaniza al personaje para trasladarlo a tiempos modernos en una época en la que el adulterio ha dejado de tener el peso moral que tenía antes, mientras  Ripstein, despliega una minuciosa y raramente luminosa puesta en escena, un exquisito uso del encuadre, suaves movimientos de cámara y una gran dirección de actores, lo que compone un coro de mustios personajes que aportan peso a este duro pero atractivo drama.

 

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