La vida en la basura, [Boca de Lixo, 1993]

Basura. Montañas de basura, horizontes de basura. La cámara se mueve inquieta por una superficie de desechos. Imposible determinar qué son esos objetos que ahora amalgamados distinguimos como basura. Está todo cubierto, mezclado, destruido, sucio. Son imágenes que generan repulsión; el recuerdo del desecho, de la suciedad. Aquello que sabemos que hemos desechado, pero que así mostrado, en conjunto, nos causa aversión.

Los primeros seres vivos que habitan este lugar son animales: pájaros, perros, cerdos, caballos, cuervos. Se mezclan con aquello que dejamos, con lo que ya no es útil. Un espacio deshumanizado, librado a lógicas que lo alejan de nuestro hábitat. Sin embargo, tampoco parece ser un espacio habitable para otros, ni siquiera para estos animales.

Entonces aparece en pantalla un camión recolector de residuos volcando su carga y un grupo humano que se apiña ante esos desperdicios buscando algo. Caen jugos con esos desechos e imaginamos el olor nauseabundo que debe acompañar estas imágenes. Sin embargo, esos humanos en la pantalla revuelven la basura con palos y manos en búsqueda de algo que parece difícil de hallar. Entremezclados con ellos, sin signo de pertenencia a ese lugar, aparecen en el plano un camarógrafo y un sonidista registrando lo que allí ocurre. Un duro ejemplo del oficio terrestre del cronista. Vemos luego lo que esa cámara está filmando. Manos y palos que encuentran lo que buscaban: comida.

Así comienza Boca de Lixo, un documental filmado en un basural de las afueras de la ciudad de Río de Janeiro, que nos muestra una realidad conocida pero que preferimos evitar tener presente. Ver esas manos en la basura, esa comida que emerge entre los desechos, no puede más que impactarnos. Está allí presente algo que conocemos, que de tan horroroso preferimos olvidar.

Pero enfrentados con esta sensación, ante esta incomodidad, Coutinho nos plantea una encrucijada. Quizás por nuestros resquemores históricos y culturales, quizás por los mensajes que los medios suelen traernos de los marginales, nuestro horizonte de expectativas se verá conmocionado por el camino elegido en la película. Un discurso sobre un basural podría erigirse desde los derechos vulnerados, sobre estos seres que han sido arrojados a comer de la basura, es decir, una mirada paternalista, que intente hacernos sentir pena por esos conciudadanos que han perdido todo, incluso su dignidad. Los primeros planos de estas personas los encuentran tapándose, ocultando su rostro, escapándose de la cámara. Pero de pronto, los primeros que hablan dicen que no tienen nada que esconder, nadie de quien escaparse. Que lo que hacen es un trabajo, como cualquier otro, e incluso mejor que muchos otros. No hay patrón, hay variada comida, no dependen de nadie ni tienen que darle explicaciones a nadie.

En este espacio deshumanizado, comenzamos a percibir que existe un grupo humano, grupo que excede la mera aparición o la mera presencia. Coutinho se acerca a ellos con su equipo por vez primera, y percibimos los rechazos y conflictos de ese encuentro. Están los que deciden marcharse, los que dudan, los que vuelven. Esa cámara que aparece los incomoda, los enfrenta con lo que excede a este basural. Coutinho comienza acercándose con fotos que les ha sacado a distintos trabajadores del basural, que en grupo van reconociendo. Y una vez que sabe el nombre de alguno de ellos, o el apodo que todos le dan, elige mostrárnoslo o ellos eligen mostrarse con él.

La imagen cobra una especial importancia para aquellos que no perciben con asiduidad su propia imagen. Esos que están ahí, en ese papel, son ellos mismos. Entre la basura, entre los desperdicios, eligiendo y comiendo de esos desechos. El encuentro parte de esa imagen, de aquello que la cámara ha registrado de ellos, y de todo lo que no ha logrado captar. Sus palabras, lo que vamos a ver, servirá para eso.

Este documental abre las puertas de una percepción plena de la realidad: parece que todo está aquí, aunque no lo trabaje o no se mencione. Son tantas las posibles líneas analíticas, que funciona por aquello que elige registrar y todo aquello que permite suponer y hasta imaginar. Este hecho puntual, este espacio concreto, esconde todas las posibilidades de la existencia humana. Solo es cuestión de comenzar a escarbar, también nosotros, en ese cúmulo de desechos y fragmentos del sentido. El límite es nuestra incapacidad por percibir plenamente la realidad que se nos presenta. Por eso plantea una deconstrucción de las expectativas del público. ¿Será una película de denuncia? ¿Apostará a una línea argumental política que nos permita entender este suceso? ¿Analizará nuestra relación con los desechos que producimos? ¿Denunciará la existencia de estos espacios y de las penurias de quienes los habitan? ¿Buscará registrar las historias de vida que allí encuentre? ¿Qué puede hacer tan solo con un basural? ¿No existen acaso basurales en todas partes, y en todo tiempo?

De algún modo, Coutinho logra que todo esto esté presente sin estarlo, y a la vez que esté todo aquello que aquí no está. Su perspectiva de análisis le permite enriquecer este discurso que elige erigir, logrando que los elementos que lo conforman no sean limitantes para la tarea de abordar esta realidad, pero al mismo tiempo sin caer en la mera expectación o en una liviandad superficial. Permite un mosaico que nos conecta con el suceso de existencia real y con las múltiples capas de sentido que lo envuelven.

Dinero

La mujer con la que elige comenzar a retratar sujetos en este marco de realidad nos lleva a conocer el principal trabajo del basural. Ella recoge latas y las vende allí mismo. El dinero dice presente en este espacio de desechos: también pueden ser mercancías aquellos objetos que dejan de ser parte del circuito productivo de la sociedad. Estos desperdicios pueden recobrar su valor en peso, calidad o cantidad. La transacción económica se realiza en este predio y el dinero regresa a las manos que revuelven la basura. Es un trabajo, hay una paga que lo confirma.

Ese dinero en manos sucias, ese dinero sucio por las manos que lo trabajan, reconstruye el lazo social que parecía perdido en este espacio de la basura. Las lógicas sociales están presentes, existe un tipo de organización compleja aun en este sitio deshumanizado.

Como primer testimonio, nos ubica ante sujetos que logran conquistar aquello que en la sociedad capitalista se convierte en prioridad: el propio medio de subsistencia. Una tarea que da dinero, aquellos papeles del intercambio que nos ponen en pie de igualdad con cualquier otro poseedor. No vemos sólo sujetos que viven de la basura al recogerla, transformarla o comerla, sino que también están en condiciones de comerciarla. Sutil modificación en nuestra mirada conmovida: trabajadores que observan a trabajadores, trabajo que expone trabajo.

Observamos luego las complejidades de esta labor, pero comprendemos pronto que no vamos a asistir a la exhibición del dolor ajeno o a la victimización de los que viven de la basura. Estos sujetos que están allí tienen la decisión y la voluntad de subsistir en el marco de esta sufriente realidad. Son complejas existencias que escapan a la gloria tanto como al sacrificio. Pertenecen a la realidad, y por lo tanto se resisten a las simplificaciones que una mirada externa quiera imponerles. Coutinho lo sabe y elige recoger lo que estas vidas pueden brindarle, sin intenciones de embellecerlas o ennoblecerlas. La riqueza aparece cuando nos permite intentar percibir la profundidad de su vivir.

Del dinero pasa a las viviendas, que también están presentes allí. A priori uno puede pensar que en un basural no hay dinero ni hogares, ni comida. Pero encontramos precarios espacios que les permiten a estos trabajadores descansar en medio de la faena. No viven allí, o al menos no todos. Son muchos los que luego marchan hacia su hogar. Este espacio es un lugar laboral, donde pueden separar algo de lo que recogieron, asearse y marchar a casa.

Hogar

Encuentra a Lúcia, mujer que trabaja allí y que luego retorna a su hogar. Logra reflexionar con ella sobre su experiencia en el basural, sobre cómo se comporta allí y cómo lo hace en su casa. Lúcia descubre que su personalidad se vuelve altiva y gritona, mientras en su hogar está más tranquila, contenida. El pasaje de un espacio a otro la encuentra arreglada, recibiéndonos en su casa, mostrándonos dónde vive. No hay vergüenza, pero sí un recato distinto al que exhibe en su trabajo, en ese espacio de disputa que es el basural.

Ser distintos de cómo somos en nuestro trabajo, en esa comunidad que se organiza en un basural, y halla en lo grupal una manera de subsistir, de enfrentar ese atropello. Lúcia es distinta en el basural, tiene ese humor que le permite erigirse orgullosa entre la basura. Quien dude de esa necesidad, de ese trabajo, es quien está en falta. No ella, ahí, revolviendo la basura, con todos esos otros que la acompañan.

 

Vida

En este documental, Coutinho utiliza mucho la música, que le sirve para graficar y acompañar momentos vividos en el basural. Una música popular, romántica, en momentos en los que vemos quienes allí comen, juegan, aman. El espacio es transitado por estos sujetos que inscriben sus acciones, que son las mismas que las nuestras. Hay un bar, una cancha, sillones para leer. Todo toma un gesto extraño, pues esos vasos, esa pelota que rebota con pies descalzos o esa revista maltrecha que una mujer lee, provienen del mismo basural que los contiene a todos. ¿Se puede ser feliz entre los desechos?

Allí se acerca el camión de residuos. Una fila humana lo escolta, palos en mano. Es una guardia pretoriana que custodia su propio lugar ocupado junto a este bólido contenedor. Son prácticas laborales, enseñanzas que el uso nos brinda, que la costumbre nos provee. Quien esté ahí primero, quizás encuentre lo más valioso que ese tesoro trae.

El costo puede ser alto: al descargar, el camión escupe jugos obscenos, pornográficos. Son salpicados quienes más cerca están, en la posición indicada, para alcanzar lo mejor que allí encuentren. Son los más altivos, los jóvenes, los decididos. Los otros revuelven la basura allí estacionada durante días, con la esperanza de que alguien haya olvidado buscar lo que ellos puedan encontrar. El fondo del camión trae una basura polvorienta, que pronto cubre el horizonte. Una imagen de belleza estética, si uno se abstrae de su significación.

 

Años

Entre la basura que se quema, aparece Cícera, risueña y alegre por esa cámara que la encuentra. Su amiga no quiere ser vista allí, y ella se burla sutilmente. Será otra cara bonita, de esas que aparecen en la televisión, nos dice.

Cícera está sucia después de tanto trabajar entre esos desechos quemados. Pero nos conduce a su hogar, donde nos recibe arreglada. “Coutinho logra pequeños milagros, encuentros con diversos seres que nos permiten compartir su existencia, y logra que no nos sintamos invasores de su privacidad, sino testigos de esa/una vida que elige mostrarse”: su casa, su familia; un diálogo de interiores, de vidas de trabajo en trabajo, de resistencia.

Entonces aparece la hija de Cícera, una chica que sueña con ser cantante. Escucharemos su voz, que logrará trascender este espacio delimitado por los desechos. Una nueva inquietud nos embarga: ¿qué posibilidades tendrá de desarrollar ese talento? ¿Cómo lograr que el arte pueda llegar a convertirse también en un medio de subsistencia? Ella ya es una cantante, pero su sueño es ser reconocida por eso, triunfar con eso, acaso vivir de eso. Este espacio discriminado poco podrá ayudar a que lo logre. Quizás la única chance que la industria cultural le otorgue sea un concurso, una oportunidad espectacularizada, un show televisivo que se regodee en su vida. Este derecho, de los llamados de tercera generación, sigue estando alejado de las masas populares. El arte sigue siendo cuestión de elites.

Coutinho también nos marca aquí un parámetro moral, al trabajar con esta chica respetándola en su ser. No es un golpe bajo, no se indigna, no sobreactúa la situación. Registra, recorta, sitúa. Es aconsejable ver esta película también para aprehender a oír a los otros, para intentar entender la complejidad de la existencia humana. Con sutilezas, en Boca de Lixo podemos sumergirnos en los planteos filosóficos más profundos, al tiempo que sobrevolamos una cantidad limitada de acontecimientos y existencias.

 

Buscadores

La música aparece como un conector de historias, de fragmentos de la realidad del basural. Percusiva, a veces se asemeja a los sonidos del trabajo, entre latas y máquinas que escarban los desechos. En la escena donde aparecen las topadoras que recorren y empujan la basura, emergen los hombres y mujeres que van detrás, al acecho de aquello que pueda quedar al descubierto. Esa música maquinal acompaña la caminata autómata, con la mirada fija en miles de objetos que esconden algún posible tesoro, y nadie sabe quién lo puede encontrar. En conjunto, son pequeños videos musicales; nos permiten una aproximación un tanto más alejada de esa presente hiperrealidad.

Jeringas

Acto seguido, esa búsqueda del tesoro que permite la subsistencia es refrendada por Coutinho con la real amenaza de los desechos hospitalarios. Entre todos los objetos que han sido convertidos en basura, aparecen, amenazantes, las jeringas, esas lanzas del temor virósico de la actualidad. El irresponsable manejo de aquello que ya utilizamos encuentra en este caso la máxima gravedad, ya que implica un serio riesgo de contagio y muerte.

Aparece claramente reflejada la peligrosidad de este trabajo, de esta búsqueda.

Con el testimonio de una mujer que se ha pinchado con una jeringa en su pie, comprendemos cabalmente la gravedad del problema. Nuevamente, Coutinho lo hace sin cargar tintas ni exagerar preocupación, sino con un acercamiento genuino al problema y al damnificado. Algo casi imposible de ver hoy en los medios, que si no espectacularizan la realidad, no pueden transmitirla.

Esta película es una producción del Centro de Creación de Imagen Popular, organización sin fines de lucro que realiza acciones de educación y comunicación buscando la promoción de ciudadanía en las áreas de derechos humanos, educación, salud, medioambiente y cultura. Ese interés y la libertad que conlleva también son parte de esta creación.

 

Enock

Al entrevistar a un hombre viejo y de gran barba llamado “Papá Noel” por quienes trabajan en el basural, Coutinho se muestra entrevistando. Lo vemos enfrentado al hombre, de nombre Enock, con el sonidista a sus espaldas. Esta aparición nos sirve para imaginarnos sus procesos, su manera de encontrar el diálogo, de acrecentarlo.

Se acerca al hombre con su foto en mano, y se la obsequia. A partir de allí comienza a preguntarle, a interrogarlo. Le insiste, pero con la franqueza de quien se interesa por conocer la realidad del otro. En el plano en que aparece Coutinho, la energía de esas preguntas se manifiesta en su cuerpo volcado hacia el entrevistado, con gestos que intentan puntualizar la parte que quiere remarcar de las respuestas. Es un cuerpo que acciona sobre el entrevistado, no es una presencia ausente, no se esconde detrás del artificio. Está allí, frente a su entrevistado, los dos de pie en un camino del basural. Esa presencia le permite indagar, ese estar allí junto al otro le da la oportunidad (y la legitimidad) para interrogarlo.

 

Comer

Una nueva compaginación musical nos muestra a los trabajadores del basural alimentándose entre los desechos de donde ha salido esa basura. Gran parte de lo que se recupera en el basural es comida, alguna que ya ha vencido, otra que en alguna parte parece sobrar. Ese alimento, mezclado con los desechos, es recuperado e ingerido. Una niña termina este conector en un primer plano donde saborea un alimento, y una cámara que se aleja hasta mostrarla en el medio de una inmensa montaña de basura.

Los disparadores para analizar estas imágenes vuelven a ser muy amplios: desde la propia práctica del comer en un lugar tan nauseabundo, hasta el despilfarro de los que tiran ese alimento, sin siquiera tener la precaución de separarlo del resto de los desechos, pero también de un sistema social de producción que al mismo tiempo que expulsa y permite la muerte por inanición, desperdicia alimentos en cantidades industriales. Cuando estos dejan de ser mercancía, pueden ser digeridos por humanos, en tanto y en cuanto los encuentren como basura. “Propiedad privada”.

 

Jurema

Vemos la paciencia para entender cuándo un entrevistado quiere hablar en el caso de Jurema. Al principio es esquiva, pero luego comienza a relatar su historia, hasta conducirnos a su hogar. Orgullosa, nos muestra sus siete hijos, que en 30 años ha sabido educar y cuidar. Ella nació ahí y ahí trabaja. Su historia es también una historia de amor, con una pareja que nunca se apartó de su lado desde que la conoció. De una invitación a tomar un café salió esta familia.

Es una mujer bellísima y plena. Su marido quiere tener 12 hijos y ella no se atemoriza ante nada. Si Dios lo manda, ella lo hace. Se enfrenta con esta existencia; no muestra temor ni resignación. Es vida, de una intensidad asombrosa. Sin juicios de valor, sin estigmatizaciones ni glorificaciones. Esa tremenda mujer, allí presente, viviendo.

Final

Un hombre llora, es el marido de Lúcia, abatido en un día de trabajo en el basural. El final descarta los gestos heroicos, nos conmueve delante de esta realidad que subsiste y se multiplica. Acompaña y denuncia esta vida que deben transitar. La música se hace presente ante quienes ahora posan frente a la cámara, mirándonos, estáticos.

Y vemos la camioneta del equipo, en su interior un televisor les muestra lo que se ha registrado. Un grupo de trabajadores del basural se agolpa a su alrededor, se ríen, se sorprenden. Esa imagen proyectada los refleja, los re-presenta ante ellos mismos.

Las últimas imágenes son de un niño que revuelve la basura rodeado de cuervos. El silencio de la escena profundiza la aparente alucinación que presenciamos. Llegamos hasta este punto, estamos en este tiempo, somos quienes habitamos ese mundo. Los carteles finales nos cuentan que existen miles de basurales en el Brasil, donde trabajan millares de “catadores”.

 

Post-scriptum: Argentina

Queremos contextualizar estos relatos recordando que en estos últimos años han acontecido muertes que volvieron a hacer público el trabajo en los basurales de la Argentina. Diego Duarte se esconde de los policías que custodian el Ceamse la madrugada del 15 de marzo de 2004. Ha entrado a cirujear fuera de horario. Testigos dicen que le descargan intencionalmente una tonelada de basura encima. Aún continúa desaparecido; y si no hay cuerpo, no hay delito. Su muerte sigue impune.

Maicol Matías se quedó dormido entre unos cartones en el basural de Cipolletti el 24 de octubre de 2011. Murió arrollado por un camión compactador.

El 3 de febrero de 2011 Franco Almirón, de 16 años, y Mauricio Ramos, de 17, se dirigían al Ceamse y fueron asesinados a tiros por efectivos policiales luego de acercarse a un tren que descarriló cerca de la Villa La Cárcova, en José León Suárez. En un principio la policía quiso plantar la hipótesis del enfrentamiento contra un grupo que hizo descarrilar el tren. La lucha de los vecinos y de organizaciones políticas logró desenmascarar la masacre. Aún continúa la búsqueda de justicia.

Son casos que de algún modo tomaron estado público, que visibilizan la presencia de este trabajo en nuestro país, actualmente. Una deuda social que aún no logramos saldar.

 

  • http://reframe.sussex.ac.uk/mediatico/2014/02/10/coutinho/ Celebrating the Work of Eduardo Coutinho (1933-2014)

    [...] Juan Ciucci, ‘La vida en la basura, [Boca de Lixo, 1993]‘, Tierra en Trance: Reflexiones…November 2013 [...]

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