Escenas de una guerra perimida

Una tierra surcada por una guerra que ya lleva demasiado tiempo, con víctimas en todas partes y victimarios que aún permanecen impunes. Un conflicto armado que se cruza con el narcotráfico, la industria de los paramilitares y la intervención extranjera. En ese mundo se mueve la historia de Simón, hijo de campesinos que debe migrar con su padre.

Viajes en un territorio hostil, que los empuja lentamente hacia el exilio. Miles que añoran trabajo y paz, con muertos detrás, a los que apenas pueden detenerse a llorar. En el marco de las negociaciones por la paz en Colombia, Jardín de Amapolas aporta una mirada intima sobre las escenas del horror cotidiano en su país.

Su director y guionista, Juan Carlos Melo Guevara, logra conectarnos con esa realidad sin apelar a golpes bajos ni simplificaciones. En esta tierra de guerra, todos quieren cumplir el sueño de la vida, de una familia, de un trabajo.

Emilio debe emigrar por las persecuciones y los negocios de los paramilitares, y en el altiplano de Colombia debe trabajar en el cultivo de amapola, una industria peligrosa y lucrativa. Un dinero fácil, rápido, pero que nunca termina de ofrecer las promesas que profesa.  Simón, su hijo, lo acompaña en la vida y el trabajo, donde encuentra al amor y la muerte, por partes iguales.

La cámara recorre estas tierras hermosas, de la zona de Ipiales, en la frontera con Ecuador. Territorios que nunca parecieran poder contener tanto horror, tanta muerte. Imágenes del sueño posible, del país por volver, cuando la paz pueda restaurarse.

Esa paz que sueñan, pero con Justicia Social, para que los sufrimientos del Pueblo colombiano no se perpetúen luego de años de horror. Para que la sangre derramada no sea negociada. Miles de vidas y memorias así lo esperan. Suramérica también.

 

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