Neruda, de Manuel Basoalto

Por Álvaro García, elagentecine.wordpress.com

Como advierte en algún lugar Pablo Corro, uno de los caminos posibles dentro del giro del cine chileno reciente hacia la intimidad (giro que ya es lugar común del discurso oficial sobre nuestro cine, pero que debe ser revisado, aunque sin llegar a negar lo innegable necesariamente) es el destino de los “cuerpos monumentales”. Sumándose a Violeta Parra, Allende, Pinochet y Jaime Guzmán, Pablo Neruda surge en forma doble: mientras esperamos la última realización de Pablo Larraín, ya se encuentra en salas Neruda, de Manuel Basoalto; familiar descendiente del premio Nobel.

Definida por él mismo como una película de suspenso y aventuras, resulta evidente que su  intención por aproximarse al cuerpo monumental de Neruda difiere de los ejemplos anteriores. En este caso se no trata de la reconstitución de cuerpos fatales y tanatológicos, en vista a una evocación de la irrepresentabilidad del sujeto histórico, al que se accede desde su condición post mortem y su fantasmagoría rondando nuestro imaginario nacional. Por el contrario, acá se busca rastrear la formación del héroe, rescatar un momento particular de la existencia del poeta, algo que logre dar cuenta de su posible ejemplaridad vital.

El evento referido es la huida del poeta hacia Argentina (1948) poco tiempo después de que el gobierno de Gabriel González Videla proclamara la proscripción del partido comunista, con la consecuente persecución y encarcelamiento de sus integrantes, entre ellos el entonces desaforado senador Neruda. Durante el despliegue de esta medida represora, el poeta se convierte en prófugo, y en la clandestinidad va esbozando los primeros poemas que terminarán por aparecer en El Canto General (1950), esa obra poética monumental. Pero, al contrario de lo que Basoalto tal vez aspiró, y en respeto a la veracidad histórica (sería ridículo comparar a Neruda con, por ejemplo, Cary Grant), el protagonista de la película no posee demasiadas armas o argucias propias, en el sentido de afrontar en términos activos un destino que se divide entre escapar o morir, como tantas veces el género de acción y aventuras ha puesto en escena. Dadas las circunstancias represivas que enfrenta el poeta, y mediante la ayuda de diversos compañeros y amistades, lo imperioso resulta propiciar las alternativas que le permitan escapar. Por lo tanto el relato de salida hacia la libertad se restringe, delimitado por la propia condición de Neruda como intelectual. Esta noción articula, como veremos, la preponderancia estratégica que la película da a los aspectos formacionales e íntimos, que la construcción paralela de narrativa y del personaje opten por la subjetividad, que ambos se vuelquen hacia el interior, hacia el pasado y el recuerdo.

En este sentido, pese a lo acotado del tiempo de la anécdota, se cumple con los rasgos del biopic debido al desarrollo de los rasgos individualizadores de Neruda. El más interesante, sin duda, da cuenta del papel como intelectual del poeta. Este consiste en un claro ejemplo de la figura heroica de la cultura latinoamericana modernista, aquel del intelectual comprometido políticamente, el artista civil que conjuga la práctica estética con un rol de agente de cambio en la sociedad. A esta figura dominante, se contraponen en la película dos arquetipos culturales también fácilmente reconocibles: el papel del político gobernante y el funcionario estatal servil. La película los reparte más o menos en dos variantes. Una consiste en los funcionarios represores que obedecen órdenes: el policía que realiza las pesquisas para detener a Neruda y “los pacos”, apenas meros figurantes. La otra la conforman los ministros y senadores, junto con el mismísimo presidente de la república González Videla que, intimidado por Washington, traiciona a un sector partidista que lo llevó al poder mediante la famosa Ley Maldita. Sobre su rol en la película se puede jugar con la idea que el actor lo interpreta con tanta falta de sutileza y rigidez como si tratase de corporeizar el maniqueo actuar político del presidente real.

Por otro lado, intuyo que al escoger la anécdota del escape se implica una postura que busca no correr riesgos, ya que no correspondería, lamentablemente, ahondar en los conflictos y contradicciones que Neruda acarreó como representante de la izquierda chilena. En cambio sí se opta por evocar momentos personales que humanizan su personalidad intelectual y política. Acercando el retrato monumental a una perspectiva más empática, por momentos el Neruda de José Secall se demuestra todo lo bonachón, divertido, emocional que pueda ser. Pero la operación más notable consiste en la estructura del relato y las temporalidades narrativas y subjetivas que vehicula. El discurso de aceptación del Nobel da pie al relato de la huida y dentro de este surgen ciertas escenas de su juventud, niñez y un sueño donde rememora a su hija muerta. Tales momentos los entiendo como excursos de la subjetividad del poeta, al habérsele instituido como narrador delegado (por el discurso que abre y cierra la película, como también por su voz over). Así mismo parecen ligadas a la manera de un pensamiento romántico, por el aprecio climático y emotivo del paisaje sureño. Evocando sus inicios poéticos y amorosos durante una jornada campesina o su imaginación telúrica enraizada en la niñez, estos motivos van configurando, en imágenes, diálogos y sonidos, los temas que la didáctica sobre Neruda nos han enseñado como sus principales rasgos autorales. Por lo mismo la película acaba correspondiéndose a un modelo inmanente de su figura, sin fisuras, sin problemáticas.  Por eso podríamos hablar de un personaje en el fondo vacío, es decir, sostenido solo por una caracterización contextual externa, de tipo cliché, en vez de elaborar y aventurar una tesis propia sobre el personaje monumental. La música orquestada de la banda sonora y la fotografía por su parte, resultan ser de efectividad clásica, elaboradas para no dejar que se escapen denotaciones ambiguas e indirectas.

Al final, acaba resonando el cometido que involucra un relato de formación de índole beatífica: el Pablo Neruda de la película comienza a inscribirse en un momento en que ya era poeta y político, pero lo que se busca es darle aura de héroe de la libertad. Pero ¿dónde queda la problematización del refugiado político o el intelectual exiliado?

Sin duda queda como tarea para la casa entrever otras posibilidades para armar distintas configuraciones o intentar des-monumentalizar a Neruda. En otro orden de sentido la película se puede prestar para otro tipo de debates, ya que, leyéndola desde nuestra contingencia son notorias ciertas resonancias con el presente, tales como: la reciente reintegración “masiva” del PC al congreso y el gobierno desde el fin de la transición, el legado del político letrado como ejemplo en tiempos de despolitización, la superación del contenido nostálgico que ahora tiene la evocación utópica realizada por Neruda en su discurso del Nobel en nombre de Rimbaud (“armados de una ardiente paciencia, entraremos en las espléndidas ciudades”) que la película muestra con vistas aéreas sobre la cordillera de los Andes.

 

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