Una road movie a la uruguaya

Franco Giorda

frentealabismo.wordpress.com

Un sepulturero, un barrendero, un vendedor de lotería (y su perro), un forastero, el dueño de un camión y un vasco se reúnen, un domingo bien temprano, para partir rumbo a la costa atlántica. La mayoría del grupo no conoce el espectáculo de las olas. Así, con esa potencia, comienza El viaje hacia el mar, la película dirigida por el uruguayo Guillermo Casanova en 2003.

El punto de encuentro es un bar de Minas, capital del departamento Lavalleja, en el país oriental. El hecho que casi todos los personajes conozcan poco y nada por fuera de ese punto en el mapa hace especialmente atractivo este viaje que se apronta entre tragos de caña a las ocho de la mañana. La historia se ubica entre los primeros años de la década del sesenta.

Los espectadores de la película son testigos de este momento crucial gracias al “desconocido” que se sube a último momento en la caja del viejo camión que los llevará hacia la playa. Es que parece que la cámara se queda si el hombre de aire misterioso no decide sumarse al grupo. Se trata de una oportunidad para ingresar al microuniverso de los locales. La extranjería del forastero y de los que miran la pantalla se asemeja.

El film posee la armonía de los buenos cuentos que se resuelven sin dilaciones. También está dotado de virtudes fotográficas que embellecen el registro del camino y del campo alrededor. Tal vez, lo más destacado sea la espontaneidad que insuflan los actores. Sus palabras son las de todos los días, se dicen de una vez y sin solemnidad. Salvo algún rasgo caricaturesco, la pinta, los actos y los diálogos tienen una justa sencillez.

Una de las cualidades de estos varones es su orgullo. Éste se cifra en la autodeterminación de una elegida forma de ser. Para ponerse a prueba, los compinches juegan seriamente a desafiarse las respectivas maneras de vivir. El empecinamiento en alguna terquedad y los retruques indican la firmeza de carácter y la ausencia de flojera. Este es el fiel retrato de los hombres templados en los boliches.

En esta esgrima de caballeros, el respeto está sobre todo. Saben no pasarse de la raya. Incluso, Rataplán, el barrendero con un visible retraso mental, es tratado con la máxima distinción. Interviene en el juego a su manera y es parte del grupo como cualquiera. Nadie tiene hacia él una fingida contemplación o misericordia. Así es como se tratan los hermanos; sin conocer forzadas o artificiosas inclusiones. La igualdad es el terreno donde construyen su amistad.

Esta gente sabe definir lo que son los viajes, el mar, la razón de cantar o la muerte misma. Nada está dicho con palabras que no saldrían de la boca de los hombres simples y, a su vez, contienen una creatividad y una profundidad que pasman.

Después de la travesía que, por su puesto, está llena de imprevistos, los hombres arriban finalmente a la ciudad balnearia. La mayor sorpresa que se llevan es ver a la clase social veraneante. No pueden creer lo que sus ojos le muestran: el ocio, la liviandad, los autos y las casas de lujo. Alguien pregunta por la razón de tanto descanso. Luego de semejante shock, paran a tomarse un helado. La imagen es graciosa en sí misma: tipos curtidos disfrutan de la crema fresca y dulce tal como los niños lo saben hacer. El hecho parece funcionar como una licencia frente al incomprensible lujo que los rodea. Es difícil imaginarlos en una escena parecida en la puerta de la heladería de su pueblo. Más bien están identificados con el trago amargo muros adentro.

El encuentro con el mar se mantiene en consonancia con lo que ocurre en el trayecto. Todos están a la altura de sus posiciones y desde allí experimentan. No siempre los deseos y las expectativas de unos y otros coinciden.

La película es la opera prima de Casanova. Los protagonistas son Hugo Arana, Diego Delgrossi, Julio César Castro (legendario libretista de Luis Landrisina), Julio Calcagno, Héctor Guido y César Troncoso. El guión, basado en un cuento de Juan José Morosoli publicado en 1952, es de Casanova y Castro, mientras la música es obra de Jaime Roos.

Entre sus laureles, la película cuenta con una nominación a los Premios Goya en la categoría de mejor film extranjero de habla hispana y con el premio Colón de Oro del 29º Festival de Cine Iberoamericano de Huelva.

 

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