Breve historia de un crimen cultural

Publicado en Revista Análisis de la Actualidad.

Los amantes del cine que cada semana se encontraban para celebrar su ceremonia de imágenes en una de las salas más bellas de la ciudad de Paraná, provincia de Entre Ríos, se quedaron sin pantalla. La Hendija se cansó de pelear contra la burocracia de un gobierno que, en sus propias contradicciones, es capaz de crear un Ministerio de Cultura y no contemplar estas iniciativas populares.

Los dos jóvenes asomaron puntuales a la función del cineclub del martes 28 de abril. Pasaron la vieja puerta de madera en Gualeguaychú 171, y encararon los primeros metros del pasillo empedrado de La Hendija hasta el antiguo mueble que oficia de mostrador. Por no ser peñistas del centro cultural, allí pagaron los pocos pesos del bono contribución para ver la película de esa noche, aunque no ingresaron a la Sala 1 como los demás. Adentro, en las butacas de madera situadas en gradas, se acomodaron unas treinta personas que participaron del clásico ritual cinéfilo de compartir una historia envueltos por la oscuridad del recinto. El viaje inmóvil -como lo llamó algún teórico- se llevó la mente y el corazón de los espectadores hacia los suburbios de París, a través del relato de un director iraní que no tuvo estreno en los cines comerciales de Paraná. Afuera, mientras tanto, los dos hombres revelaban su verdadero rostro: se trataba de inspectores del INCAA (Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales) que llegaban desde Buenos Aires, en gira por la provincia. No venían a felicitar por la actividad cultural ofrecida en la Fundación. Tampoco a consultar si hacía falta algo para mejorar la propuesta, como un proyector de calidad superior, una pantalla nueva o reemplazar cables de sonido. La presencia de los funcionarios del Estado, en este caso, tenía objetivos estrictamente burocráticos y policiales.

Juan y Pablo, tales sus nombres de pila, sacaron de un bolso de mano unos formularios amarillos y se afanaron entonces en labrar tres actas de infracción para el lugar, “en virtud de las facultades conferidas por el Inciso h) del artículo 3° de la Ley 17.741 y sus modificatorias…”. En base a esta reglamentación publicada en el Boletín Oficial en mayo de 1968, durante el gobierno de facto del general Juan Carlos Onganía, los comisionados del INCAA determinaron que la función del cineclub no se ajustaba a la normativa vigente de la actividad cinematográfica y audiovisual. “Les dijimos que no éramos un cine con fines de lucro, pero igual labraron las actas. Tenían buen trato, es más, dijeron que con un descargo se resolvía”, cuenta Cristina, una de las integrantes de la cooperativa de trabajo que se esfuerza y pone el cuerpo para sostener la variedad de propuestas culturales de La Hendija. Los inspectores entregaron sus escritos y se perdieron en la oscuridad, camino a cumplir con el deber rumbo a otra localidad provincial que pretenda desafiarlos con proyecciones audiovisuales independientes. Mientras tanto, esa noche concluyó la función y el público salió a la calle comentando la película, intercambiando pareceres y sentimientos, y saludando sin saber que no habría próxima. Los funcionarios no clausuraron la sala -como publicaron varios medios de comunicación-, sino que esa fue una consecuencia posterior inmediata de la inesperada visita.

Todo no se compra, todo no se vende

“No tengo una certeza de porqué fueron a La Hendija estos inspectores y no a la decena de lugares que proyectan cine en Paraná, pero no quiero engancharme con ideas conspirativas que no me ayudan a pensar salidas creativas”, dice Armando Salzman, presidente de la Fundación. Suya fue la decisión final de terminar con el ciclo de cine, luego de la fiscalización que intimida con un proceso de trámites y papeleos ante el instituto de cine. “Nuestra historia con el INCAA es larga y desagradable desde hace muchos años”, resume Armando, que ya tuvo la fea experiencia de lidiar con abogados, cartas documento y otros descargos por las exigencias desmesuradas que llevaron a dar de baja a la sala de la actividad audiovisual. Frente a la amenaza de un nuevo proceso burocrático, después de 26 años de trayectoria y aporte a la cultura cinematográfica de la ciudad, La Hendija dijo “basta”. Esto no representa la muerte del característico centro cultural paranaense, en donde se desarrollan múltiples actividades entre radio, talleres, conciertos, presentaciones de libros, ferias y funciones de teatro; pero sí es el fin del espacio destinado al cine, al menos por un buen tiempo, hasta que los requerimientos se flexibilicen. “El cine en La Hendija arranca desde los comienzos del lugar con un cineclub en el que se proyectaba en 16 milímetros. Después, cuando se caen todos los cines en la Argentina y en Entre Ríos, pasamos a 35 mm con el famoso “Clementino”, un proyector soviético. Ahí tuvimos funciones de estrenos durante dos años, seis días a la semana, con un equipo de boleteros, acomodadores y proyectoristas ad-honorem. Había convenios con todos los centros de estudiantes, algunos sindicatos y auspicios comerciales”, rememora Salzman sobre los inicios de los noventa, cuando encarar una movida alternativa era ir a contramano del espíritu neoliberal de la época. Tango Feroz (Marcelo Piñeyro, 1993) fue un mojón en esta historia. Según Armando “cuando se estrena esa película se produjo un verdadero fenómeno social: los adolescentes vuelven masivamente al cine como lugar físico. La generación del video en la casa redescubre la magia del espacio compartido, de la sala oscura. Entonces, los dueños de los cines se dan cuenta que hay un público potencial que pueden recuperar a partir de una programación”. Con la reapertura de otras salas, La Hendija baja su grilla comercial y se transforma en cineclub semanal, dedicado a búsquedas estéticas que no eran reveladas por el mercado. Hubo aún una breve experiencia de funciones diarias con un proyector facilitado generosamente por los Dottori, propietarios del Cine Roma de Santa Fe, aunque el centro cultural ya tenía destino de cineclub, gestionado en diversas épocas por distintos grupos humanos. “Sin cine del todo, creo que fueron períodos muy cortos”, señala Armando. Pero incluso las experiencias autónomas más originales fatigan su lucha contra el reglamentarismo burocrático; y este abrupto final de las funciones de cine amenaza ser, sino definitivo, al menos prolongado.

La batalla legal

El asunto de fondo va más allá de La Hendija como posible reducto específico en el cual encontrarse a ver cine: la acción de los cineclubes en nuestro país es una actividad lindante con la ilegalidad. La continuidad de cada espacio de proyección depende, básicamente, de que los funcionarios e inspecciones hagan la vista gorda, porque no existe una ley que ampare este ejercicio y que lo distinga de las actividades comerciales ante los controles de los representantes de la industria cinematográfica. Estos espacios cumplen roles pedagógicos, culturales y sociales vitales en cada comunidad; y no tienen fines de lucro, aún cuando cobren entradas o cuotas mensuales destinadas a cubrir los gastos básicos para el funcionamiento. “Los cineclubes brindan la posibilidad de acceder a un cine que la propia industria decide ignorar, reparando de este modo el crimen cultural que representa privar a los habitantes de un país del acceso a obras fundamentales de la cinematografía internacional”, expresó el Cine Club La Hendija en su comunicado de despedida, difundido por las redes sociales. “El INCAA le exige a los cineclubes que se inscriban”, explica Carlos Pagés, programador del extinto emprendimiento, junto a este cronista. “Hay dos tipos de inscripción: como entidad comercial, o como entidad sin fines de lucro. La primera representa cumplir una larga serie de responsabilidades legales, financieras y de gestión que un cineclub no puede llevar a cabo porque no tienen empleados, ni secretarias, ni boleteros; no tienen cuentas bancarias y su recaudación (una sola función a la semana, con 15 espectadores promedio, que pagan $20) es prácticamente simbólica. Quedaría la opción de registrarse como entidad sin fines de lucro. El problema es que para el INCAA, “sin fines de lucro” representa que los cineclubes no pueden cobrar absolutamente nada, ni un bono contribución, ni una pequeña cuota societaria. Entonces, ¿De dónde obtener los magros fondos que se necesitan para sostener una mínima infraestructura? Para cualquier habitante del mundo resulta obvio que es imposible sustentar en forma completamente gratuita una actividad auto gestionada que no recibe subsidios. ¿Quién paga la luz, el gas, los afiches y los programas? ¿Quién cambia la lámpara del proyector si se quema? ¿El INCAA? No. La única manera de soportar esos gastos es mediante la contribución de los espectadores”, detalla Carlos, que al tiempo y energía que le dedica a compartir su pasión por el cine, le tuvo que agregar la tarea extra de estudiarse las engorrosas normativas oficiales. Otra arista del problema está relacionada con la exhibición y sus derechos. Hace un tiempo, los cineclubístas de Córdoba redactaron un texto en el que señalaban que “las ridículas reglas del mercado de distribución y exhibición de nuestro país” no permiten otra exhibición más que la limitadísima variedad de las copias DVD zona 4, y esto luego de dos años de su estreno comercial. La paradoja es que el objetivo principal de un cineclub consiste, precisamente, en divulgar obras que no son distribuidas ni editadas en el país.

Esto no es un cineclub

Esta situación kafkiana podría resolverse con una legislación específica que comprenda a estas instituciones como entidades pedagógicas y culturales. Hasta que eso no pase, cualquier inspección oficial que reciban los cineclubes será una gran hipocresía disciplinadora del Estado, que de fomento a la cultura no tiene nada. En las décadas del sesenta y setenta, los grupos de cine político de izquierda idearon circuitos de exhibición clandestina para burlar (y combatir) la represión ideológica de las dictaduras. Quizás los cineclubes se vean forzados a retomar esa tradición ante las presiones recaudatorias de la industria. Tal vez, incluso, deban anunciarse con un irónico cartel de referencia que indique “Esto no es un cine club”, como aquel documental del iraní Jafar Panahi que, luego de la censura autoritaria que le prohibía filmar, se negaba a sí mismo desde el título Esto no es un film.

 

 

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