“Creo profundamente en incluir al prójimo en el arte”, entrevista a José Campusano

Antes del recibimiento que le brindara el Bafici con Placer y martirio y las polémicas en torno a las críticas y los premios recibidos, entrevistamos a José Celestino Campusano a partir de su película El Perro Molina. Un cine que se mueve por los márgenes de la sociedad y la industria, con la premisa de retratar el diverso existir de las comunidades elegidas.

Queríamos hablar de la película El Perro Molina. ¿Cómo surge el interés por contar esas historias?

La historia está inspirada en el accionar de un grupo de comisarios de los ´70-’80 de la Zona Sur, que eran bastante crueles, inclusive uno de ellos llevaba un látigo con el cual castigaba a los detenidos. El más nocivo de todos era un tal “Polo”, su mujer se fue de casa por sus continuas infidelidades y, en su estado de depresión, se dedicó a la prostitución. Tan así como lo plantea la película.

¿Y cómo te llega esta historia?

Por un testigo presencial, que en ese momento era un adolescente, que conocía a este comisario y su mujer. Este comisario, algo que no está en la película, es que hostigando a las redes de trata incendiaba los prostíbulos. Un amigo mío, que ya no está, fue testigo presencial de una quema de prostíbulo.

Leí que este guión lo escribiste hace varios años y recién ahora pudiste llevarlo a la pantalla.

Sí, todavía no había filmado largometrajes cuando escribí el guión. Las otras películas eran más experimentales, con el paso del tiempo hemos agarrado más oficio, digamos.

¿Cómo fue el trabajo con la comunidad de Marcos Paz?

No hubiéramos podido filmar la película sin el marco acuerdo que firmamos con el Municipio de Marcos Paz y el Cluster Audiovisual de la Provincia de Buenos Aires. Ese marco acuerdo nos proveyó de infinidad de cosas: acceso a la vía pública, a inmuebles del Municipio, a la Comisaría, apoyo de los patrulleros, corte de calle y policías actuando de policías. Esto permitió filmar la película en 21 días hábiles, que es un tiempo asombrosamente breve.

¿Qué notaste de distinto en esta realización comparada con tus anteriores películas, en las que tenías un modo de producción diferente?

Noté la falta de tiempo. Una hora extra significa una hora extra multiplicada por treinta compañeros, es muchísimo dinero. Las cámaras de alta gama son muy sensibles; tal es así que hay que hacer un seguimiento del personaje, algo que lleva tiempo en la puesta, lo cual lleva tiempo y complica el rodaje. Nunca me había pasado estar tan apremiado con el tiempo. Antes tenía tiempos más laxos y eso también repercute en la improvisación; y poder cambiar ciertos sentidos que quizás encontrás trillados. Acá no, teníamos que ir a la letra y rápido porque se acababa la jornada.

¿Te sigue interesando trabajar con actores no profesionales?

Es uno de los grandes pilares de nuestra productora: que los contenidos sean provistos por la comunidad, que la propia comunidad participe a nivel de personificación, producción. Y por supuesto que la película esté en los hogares, vía Internet o copia, pero que esté. Nosotros apuntamos a una forma de realismo. Al momento de hablar somos heterogéneos: diferentes pausas, énfasis, acentos, volúmenes. Yo no creo las actuaciones del cine o de la televisión, porque hay un convencionalismo sumamente artificial. Prefiero mil veces lo heterogéneo de la vida. Acabamos de ver una película en el cine, con mi hijo, y para mí fue un desastre absoluto; una película norteamericana es insostenible, la falsedad se nota hasta en los silencios.

Las historias que narrás tienen momentos muy violentos, ¿cómo te llevas con la representación de la violencia?

En mis películas hay una violencia que es con karma: cada hecho violento tiene una consecuencia; nadie se la lleva “de arriba”. Tampoco hay un deleite, no hay un abanico de sangre que gane el horizonte. No hay cuestiones obscenas. Al contrario, tendemos a reducir la violencia a la mínima expresión. En este entorno la violencia realmente habita, si no sería una hipocresía muy grande negarla. Lo peor de la violencia en el cine es cuando la crueldad es un deleite: cuando al espectador lo llevan a desear que haya una violencia que pueda resarcir ciertas humillaciones u ofensas. Eso es toda una inducción a partir del guión y de la puesta de cámara, entonces vos te sentís del lado del opresor, que por lo general es impune y anglosajón.

Hay una cuestión con los códigos generacionales, presentes en las historias que narrás.

En el guión están presentes porque en los entornos en que me muevo están presentes. Retirar los verdaderos códigos de convivencia es desnaturalizar a la población a la que se hace mención. Es una forma de invisibilizar; lo que queda expuesto es algo falso. Los coloco porque los he visto en acción. Por algo en ambientes tan crispados la convivencia es posible, hay una regulación de los temperamentos.

En tus películas siempre aparece alguien que vulnera esos códigos, que generalmente son jóvenes. ¿Sentís que las nuevas generaciones no continúan esos códigos barriales que se fueron construyendo?

También en este caso Molina está envejeciendo y le conviene que se respeten estos códigos porque pronto no tendrá la resistencia física para hacerlos respetar. Los propugna por una cuestión de inmediata debilidad. La disputa con las nuevas camadas es algo muy humano. Con el advenimiento de esta droga de exterminio, con este consumismo extremo de las clases menos favorecidas, se consigue un tipo de delincuente totalmente impredecible.

En El Perro Molina están presentes los distintos tipos de amor…

Hay críticos de cine que son gente muy concentrada que han visto cosas que en momento de componer la película, no las había visto. Muchas veces aparece gente que no realiza un análisis, sino que compara con un cine agotado de factoría hollywoodense. El tema está en que si tocas un tema de amor ya es un melodrama, pero escuchame, Romeo y Julieta también es una historia de amor y las tragedias griegas también. ¿Por qué tenemos que pagarle franquicia eterna a un cine que no inventó nada, que simplemente se apropió de recursos narrativos de todas las culturas?. El amor es un elemento más de la película. Muchos diálogos son totalmente transcriptos: el tiroteo de “Gonzalito”, la tortura de un chico discapacitado, el encargo de homicidio por parte de un comisario por una cuestión de cuernos; todo eso realmente sucedió, yo no lo inventé.

¿Cuál fue la repercusión de la película?

Descubrimos que no conviene estrenar sobre las fiestas de fin de año, pero tuvimos una prensa inesperada. Tuvimos la prensa más vasta de toda nuestra actividad, no sólo en Argentina sino también en Italia y España. La recepción fue totalmente favorable. Había espectadores agradecidos porque están hartos de no creer en absoluto lo que se está viendo.

¿Cómo ubicas tu cine dentro del panorama actual del cine argentino, sobre todo en relación al realismo?

Nosotros experimentamos todo el tiempo. Estamos editando nuestra séptima película: Placer y martirio (NdeR: fue presentada en el 17 Bafici, donde Campusano ganó el premio a Mejor Director); totalmente instalada en Palermo, Puerto Madero, Belgrano. En la película no hay un despliegue físico, no hay armas, habla sobre las cuestiones amorosas sexuales de mujeres argentinas entre 40 y 60 años, basadas en hechos verídicos. A nivel realismo, respetamos a muerte el hecho de incluir a la comunidad en los contenidos, personificación, producción y después que se libere totalmente la película, que resulte de fácil acceso. Todo lo demás puede ir mutando, me encantan las grúas, me encanta el “steadycam”, lamento no tener el dinero para ir a comprarme una, son herramientas que me encanta el resultado que se logra. Este es un cine comunitario, no es errado pensar que se puede conseguir un cine comunitario de alta gama. Por lo coral de la apuesta y de los aportes empiezan a aparecer otras aristas de la composición. Hasta hace menos de 10 años el 97% de las películas nacionales eran de Capital Federal; entonces uno tenía películas filmadas por gente que no conoce la vida en las comunidades, pero que hace un “como si”. Creo profundamente en incluir al prójimo en el arte, sino no tendríamos ninguna película hecha hasta ahora.

¿Te considerás cercano a la producción de algunos directores actuales?

Hay películas que me parecen muy buenas: Buena vida Delivery (Leonardo Di Cesare) me pareció muy lograda, Bolivia (Israel Adrián Caetano), El cielito (María Victoria Menis) también. Son muy interesantes, grandiosas. Hay directores del cine comunitario del interior del país que son poetas de la imagen: Miguel Ángel Rossi de Bariloche, Pablo Almirón de Corrientes, Rosendo Ruiz de Córdoba. Entre todos tenemos la consigna de incluir al otro. De la vieja camada: Tinayre, Demare, José Martinez Suárez.

Estás filmando casi una película por año. Muchas veces a los realizadores les toma años, ¿tiene que ver con tu modo de producir?

Este año (NdeR: 2014) filmamos dos: El Perro Molina en enero y Placer y martirio en octubre. Tiene que ver con que he pasado horas y horas escribiendo, no paro de escribir y de tener contacto con la comunidad. Ahora hay dos películas para filmar en la Patagonia, una en Esquel y otra en Bariloche. Estuve ahí, me contacte, visité, exploré. De ahí surgen las posibilidades narrativas. Siempre hay que llevar las cosas al extremo, descubrir si hay un no, está en nosotros transformar las debilidades en fuerza. El Incaa nos ha favorecido siempre, jamás hubo un atisbo de censura. Para el próximo año tenemos una película en Esquel y también empezaremos con una investigación acerca de travestis en el Conurbano, basada en anécdotas totalmente genuinas.

Por último, dadas las temáticas que abordás y el trabajo con las comunidades, ¿le encontrás una función social al cine?

En la medida en que se visualicen ciertos procesos negativos podemos entender qué estamos haciendo mal, en la medida en que se los oculte, en base a una puesta apócrifa o un guión con cierta manipulación ideológica, nunca vamos a ver qué nos está pasando. Como argentinos tenemos infinitos problemas, que otros países no tienen, y también virtudes que otros no tienen. ¿Qué es lo que alimenta el imaginario para que ciertos males se perpetúen? Si esperamos del lado de la religión, la política y el deporte, evidentemente no viene por ahí, porque si no ya tendría que haber habido un cambio. Entonces pongamos las esperanzas en el arte.

 

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