“Sin otoño, sin primavera: una balada punk” y la cuestión del sentido de la vida

Por Geovanny Narváez[1]

“Sin otoño, sin primavera” (Ecuador, 2012) de Iván Mora es una de las películas ecuatorianas más logradas, complejas e interesantes en cuanto a su propuesta estética y construcción del relato. Sin otoño aborda, como lo escribe Christian León en su blog, las “trizaduras subjetivas de la clase media” específicamente de la ciudad de Guayaquil; una temática relativamente original en el contexto del cine ecuatoriano reciente del lado costeño. En el filme son evidentes las cuestiones filosóficas que plantea, como las crisis existenciales, la búsqueda del sentido de la vida o la felicidad; esto en modo de puzzle o rompecabezas donde flash-backs y flash-forwards, así como el formato en video clip, entrelazan situaciones, espacios y tiempos diferentes que, a su vez, corresponden a un estilo audiovisual fragmentario propio de la llamada posmodernidad.

Aquí, en un primer momento, esbozaremos brevemente en el vínculo que relaciona cine y filosofía enfocado sobre el sentido de la vida. Al final ensayaremos una aproximación a la forma del relato cinematográfico y cómo ciertos elementos (datos audiovisuales: sonido, música) ayudan paradójicamente a envolver e ilustrar lo que cuenta, es decir, sobre la vida y problemas que aquejan a individuos de una ciudad moderna, caótica, aseptizada, carente de dos estaciones climáticas, y su puesta en escena de individualismos, como el aparece el Guayaquil cinematográfico de la ópera prima de Iván Mora.

Antes, intentemos comprender las relaciones entre cine y filosofía en los análisis fílmicos. En primer lugar, se debe entender de entrada que no se trata de filosofar sobre la existencia, el sentido de la vida y pretender encontrar respuestas concluyentes, menos aún en la película que ha sido tomada como objeto de estudio. Gilles Deleuze durante su conferencia de 1987, en la FEMIS, dice que “la filosofía es un potencial para reflexionar sobre algo, pero nadie necesita de la filosofía para reflexionar” y “que las únicas personas capaces de reflexionar sobre cine son los cineastas o los críticos de cine o a quienes les gusta el cine” (traducción nuestra).

Por otra parte, Laurent Jullier en Analyser un film (2012) esboza cuatro interacciones entre cine y filosofía que pueden diferenciarse de la siguiente manera: 1) utilizar un film para ilustrar un problema filosófico, es el caso más popular; 2) “hacer venir la filosofía”, estudiando de cerca un film se lo transforma en máquina filosófica, con el riesgo de hacer “filosofismo”, es decir, abordar filosóficamente problemas que pueden ser resueltos de otra manera; 3) aplicar en la interpretación de un film conceptos filosóficos, y finalmente ; 4) dejar venir la filosofía (ver Analyser un film (2012), de Laurent Jullier; traducción-paráfrasis nuestra). Para el caso de Sin otoño… es posible aplicar el primero y el tercer punto; es decir, intentar ilustrar cuestiones filosóficas sobre el sentido de la vida, la felicidad y la existencia; así como utilizar conceptos filosóficos en una interpretación.

Asimismo, los apuntes del conversatorio, así como la traducción y resumen sobre “El sentido de la vida” de Thaddeus Metz (2009), realizada por Marcelo Vásconez (2013), en la Universidad de Cuenca, nos guiará en la cuestión que nos ocupa en este espacio. En ese texto encontramos cinco términos sobre el sentido de la vida, tenemos así: sobrenaturalismo, naturalismo, subjetivismo, objetivismo y nihilismo. Al final se aclara que esas preguntas carecen de respuestas definitivas. De estas -llamémoslas aquí- clasificaciones, en Sin otoño… emerge sobre todo un subjetivismo:

“Los subjetivistas creen que no existen estándares de sentido invariable porque el significado es relativo al sujeto (…) a las pro-actitudes de un individuo, tales como los deseos, fines y elecciones. El sentido de la vida varía de una persona a otra dependiendo de los estados mentales de cada una. Algo es significativo para una persona si ella cree que es así, o lo busca. (…) Los subjetivistas se resisten a los intentos de justificar creencias acerca del valor objetivo” (Thaddeus Metz; trad. M. Vásconez).

Pero también asoma un objetivismo híbrido, según el texto de Vásconez sobre Metz: “La mayoría de los objetivistas mantienen una visión híbrida: una vida es más significativa no meramente por factores objetivos sino también por factores subjetivos, como el conocimiento, el afecto y la emoción” (T. Metz). Y finalmente, en menor medida, se plantea un nihilismo: “Los nihilistas cuestionan que algunas vidas sean de hecho significativas (A. Camus). Schopenhauer. Nuestras vidas carecen de significado porque invariablemente somos insatisfechos, o todavía no hemos obtenido lo que buscamos” (T. Metz).

Entonces, Sin otoño… se arma en un mundo de subjetivismos, objetivismos híbridos y nihilismos, aunque se podría decir que casi todos los personajes exhiben una dosis de cada clasificación.

Los personajes de la ciudad de veranos e inviernos: modos y sentidos de vivir

Paula parece ser una nihilista que intenta investigar sobre qué es la felicidad, a través de una entrevista en registro de audio, una pseudo-investigación sociológica-etnográfica que recuerda directamente a “Chronique d’un éte” (1960) de Edgar Morin y Jean Rouch. (Aquí un paréntesis: vale señalar que las intertextualidades en el cine y arte actual no es nada novedoso, al contrario algunas veces se exagera en referencias de manera absurda, a tal punto que una mala obra con pretensiones artísticas intenta sostenerse con este recurso; Sin otoño… no llega a ese extremo). Retomando lo anterior, Paula, una chica, al final de la adolescencia, no siente dolor físico y aparentemente, al principio, tampoco emocional; expendedora de drogas, pasa su vida en busca de su padre, pero sobre todo de entender la felicidad a través de los otros. En el desenlace se liga sentimentalmente con uno de sus clientes, Lucas. Asistimos entonces con ella al tránsito de un mundo nihilista, objetivista híbrido al subjetivista.

Lucas, estudiante de leyes que intenta cambiar el sistema desde dentro, como él mismo lo dice, se golpea con una realidad y hace trizas su sueño lo que le conduce a refugiarse/hibernar en su departamento con somníferos abastecidos por Paula. Lucas es un objetivista híbrido e incluso utilitarista porque si hubiera logrado realizar su plan -el de cambiar el sistema- éste al parecer hubiera beneficiado a otros; entonces su vida hubiera sido significativa tanto en el mundo físico como en el subjetivo. Al final aparece como un nihilista, ya que no alcanza su objetivo, sin embargo obtuvo su sujeto de deseo (Paula); por lo tanto pasa de objetivista híbrido y termina como subjetivista.

En las otras historias intervienen personajes adultos -o si se quiere treintañeros profesionales e independientes- desilusionados de la vida porque les falta algo o aún no obtienen lo que desean, a excepción de Sofía y Manuel, un par de adolescentes/colegiales, ellos son: Antonia, Martín y Gloria, Ana y Rafael. Estos últimos, salvo Antonia, sufren una ruptura afectiva: vemos a Ana y Rafael disputarse violentamente; Martín deja a Gloria por Antonia, su exnovia. El caso de Antonia, quien sufre de una enfermedad grave, ella quiere disfrutar de sus últimos días de vida teniendo un triángulo amoroso, intentado enamorase y sentirse amada de Martín. Gloria, en cambio, se ve como dependiente de Martín, pues él al dejarla ella lo único que busca es, primero, huir y luego vengarse. Sofía y Manuel, dos adolescentes que se encuentra en el descubrimiento de su sexualidad se ven interrumpidos por la llegada de Ana, quien planea y logra tener relaciones sexuales con Manuel.

Ahora bien, Antonia se presenta bajo un objetivismo híbrido y subjetivismo, al igual que Martín que quiere hacer feliz a Antonia en sus últimos días. Gloria no define bien su carácter pero parece vivir en un subjetivismo. Rafael de naturalismo pasa a nihilismo, llegando a entrar a un subjetivismo; recordemos que Rafael es un empresario con éxito, pero frustrado por no haber alcanzado o no hacer lo que a él le gusta. Ana vive en un subjetivismo, así como Sofía. El perfil de Manuel no está bien definido, pero parece que se presenta en subjetivismo.

Finalmente, lo interesante del filme Sin otoño… es que no presenta un sobrenaturalismo o visiones centradas en Dios: “Algún tipo de conexión con Dios constituye el significado de la vida, incluso si uno carece de alma” (T. Metz). Este tema es recurrente en el cine ecuatoriano reciente, salvo algunas excepciones donde a veces la religión católica aparece para ser criticada o cuestionada. Tampoco hay un naturalismo puro: “Ciertos modos de vivir en un universo puramente físico serían suficientes para que la vida tenga sentido” (T. Metz).

El sentido del filme y la cuestión de la forma: la vida como rompecabezas roto e incompleto

Todas las historias se ven atravesadas e interrelacionadas entre sí, ya sea porque Paula y su amiga distribuyen drogas entre jóvenes y adultos o porque en el Guayaquil cinematográfico de Sin otoño… al parecer todos se conocen, o porque los demás habitantes son “extras”, como dice uno de los narradores en voz en off.

Las diferentes trizaduras, tanto objetivas como subjetivas, y las diferentes carencias (ilusiones, sueños, etc.) se configuran en el rompecabezas incompleto de Paula-niña que Lucas-niño recoge pieza por pieza, lo arma y lo posee para entregárselo. Otros elementos –materiales e inmateriales-, que se destrozan en el filme, arman esta idea: los discos de vinilos, el parabrisas, el florero, el marco de la foto; la orfandad, el abandono, el fracaso, las ilusiones rotas o perdidas de todos los personajes. Es imposible completar algo cuando faltan pedazos, están destruidos o perdidos.

El sentido que recorre una película materialmente para entenderla, y por ende para que exista, va siempre hacia adelante durante la proyección en la pantalla, por lo tanto en un presente, incluso cuando se insertan saltos al pasado o al futuro en el desarrollo de esa impresión de realidad: la ficción. Haciendo un paralelismo con “nuestra realidad”, no atrevemos a plantear que vivimos en un presente donde confluye lo pasado (recuerdos), lo que está ocurriendo (acciones concretas y abstractas: hacer, pensar y hablar) y lo que está por venir (pensar, imaginar, soñar): una anacrónica, entonces, donde ejes y relaciones similares existen o coexisten de forma simultánea -paradigmática y sintagmática-, aunque los contextos y significados sean diferentes.

Esta, desde nuestro punto de vista, es la propuesta de Sin otoño… y las historias que atraviesan son ejemplos y variaciones de un mismo problema inacabable y siempre inconcluso del ser humano actual: crisis existenciales e infelicidades o lo contrario, búsquedas de respuestas definitivas y valederas, etc. Al parecer una sola historia o una sola vida no es suficiente para representar (¿reflejar?) la complejidad de la vida con sus logros y fracasos. (Vale anotar que Iván Mora en “La bisabuela tiene Alzheimer” (2012) trata también la cuestión de la memoria caótica y fragmentaria). Esa fragmentación y a la vez condensación de la(s) historia(s) logra consolidarse en el relato audiovisual: “Lo que nace del montaje o de la composición de las imágenes-movimientos es la Idea, esta imagen indirecta del tiempo: el todo que se enrolla y desarrolla del conjunto de partes (…)” (Deleuze, 50; traducción nuestra). De ahí que el formato de video clip sea recurrente en la película, pues en él la experimentación audiovisual obtiene sus poéticas y licencias cinematográficas propias de relatos actuales o posmodernos. En este sentido, Sin otoño… y sus trizaduras subjetivas se estructura también con la banda sonora en la que el grupo español de punk Ilegales tiene una presencia y significado importante (¿viejos rebeldes europeos?), sobre todo la parte final es clave, pues la canción que funciona como narrador reúne a todos los personajes en sus momentos de felicidad: “Delincuentes juveniles ayer, / hoy hombres peligrosos. / Viejas caras, nuevas caras, / pero las mismas cabezas. / ¿Qué les empujará?  / No viven solo esperan. / Están agotados de esperar.” Así, lo incompleto, la carencia y lo paradójico de la vida en un universo cinematográfico particular y sus múltiples variaciones resalta de manera acertada desde el título de la película: “Sin otoño, sin primavera: una balada punk”. Al final las cosas, mínimas o inmensas, concretas o abstractas, vislumbran un sentido desde cada persona y su lugar en el mundo.


Post-scríptum
: Este acercamiento deja varios cabos sueltos y ninguna respuesta o afirmación concluyente. Esto es lo problemático y a la vez lo interesante de aproximarse al análisis de una película o parte de ella en un texto escrito. Es un ejercicio de reflexión y cuestionamiento entre el espectador y el filme, una experiencia personal con los sonidos e imágenes en movimiento y la escritura.

 

Bibliografía:

Deleuze, Gilles. L’image-mouvement. Paris : Les Editions de Minuit, 1983.

Deleuze, Gilles. Qu’est-ce que l’acte de création? Conférence, FEMIS, 1987. Disponible en: http://youtu.be/2OyuMJMrCRw

Jullier, Laurent. Analyser un film. De l’émotion à l’interprétation. Barcelone: Flammarion, 2012.

Vásconez, Marcelo. “El sentido de la vida” de Thaddeus Metz. Disponible en: http://www.academia.edu/7138213/Thaddeus_Metz._El_sentido_de_la_vida_


[1] Geovanny Narváez es profesor de la Universidad de Cuenca, Facultad de Filosofía, en el área de audiovisuales de las Carrera de Comunicación Social y Lengua, Literatura y Lenguajes Audiovisuales; miembro del grupo de investigación sobre cine. Sus líneas de investigación y creación giran en torno al cine, arte y antropología visual.

 

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