El arte salva. Reflexiones sobre “¿Qué puede un cuerpo?” de César González

Por Florencia Savarino

César González o Camilo Blajaquis, el seudónimo que eligió para firmar sus poesías, es un prolífico poeta y cineasta que logró sobrevivir a la vida de pibe chorro, después de seis balazos, una operación y varios institutos de menores. En el encierro su acercamiento a la literatura y la filosofía lo llevaron a comprender que él no era la otredad del sistema económico, sino su consecuencia social, política e histórica. A partir de la lectura de Rodolfo Walsh, Foucault y Deleuze, César González comenzó a escribir poesía y, junto con la ayuda de Patricio Montesano que dictaba un taller de magia dentro del instituto de menores, editó el primer número de la revista “Todo piola”, nombre que también hoy lleva su productora. Quizás hubiese sido más simple para este poeta villero contar su historia en los medios gráficos y televisivos bajo el lema “el que quiere puede”, no obstante optó por reflexionar sobre las condiciones sociales que llevan a que los pibes de la villa puedan ocupar sólo dos espacios: pibe chorro o trabajador. En el año 2013 estrenó su primera película “Diagnóstico Esperanza”, la cual sin apoyo del INCAA ni de spots publicitarios logró más de diez mil espectadores gracias a las redes sociales y los medios de difusión alternativos. En 2014 “¿Qué puede un cuerpo?” con las actuaciones de los cantantes de rap Esteban el As, Fili Wey y Alan Garvey y de vecinos de la Villa Carlos Gardel, barrio del cineasta, logró visibilizar la presencia de César González en la escena artística argentina.

¿Qué es la filosofía?

El título “¿Qué puede un cuerpo?” alude directamente a la lectura que hace el cineasta sobre el libro de Deleuze acerca de la filosofía de Spinoza. Esta triple mediación no es más que una de las tantas multiplicidades que encontramos en la película de César González, pues en un mundo estructurado a partir de dicotomías, la imagen deleuziana del rizoma servirá para trazar líneas de fuga en el discurso hegemónico sobre esos otros que son los pibes chorros.  La película se inicia con la toma de un cartonero que recorre una ciudad rica para juntar sus deshechos. Él, también deshecho de ese modelo económico, expone su cuerpo para llevarle algo a una hija que no puede ver. Esta imagen indica movilidad, pero a la vez implica un estatismo: el andar del carro siempre es el mismo sea de día o de noche, la acción de doblar cartones es mecánica. No hay cambio, no hay alteración. Entonces, es la literatura la que llega para quebrar el supuesto equilibrio: el cartonero encuentra una edición de ¿Qué es la filosofía? de Deleuze y Guattari, la apoya sobre el resto de los cartones (la imagen del papel sobre el papel; los cartones y el libro pueden ser reciclados, es decir, pueden ser otra cosa) y continúa su marcha. No, no es un gesto de simple rebeldía para acentuar la distancia entre la “cultura villera” y la “cultura europea y occidental” (si es lícito establecer esa disyuntiva), sino un horizonte de lectura, un lugar desde el cual el espectador puede leer la película. “¿Qué puede un cuerpo?” es algo más que una representación del mundo villero, es un film sobre la filosofía que se produce e insinúa en las entrañas de ese mundo.

La(s) pregunta(s)

Veamos, entonces, la forma del título. “¿Qué puede un cuerpo?” se inicia con un interrogante. Toda pregunta requiere una respuesta y, en este caso, es el espectador quien deberá construirla. Esta forma dialógica de configurar la narrativa de la imagen estalla en el episodio de Alan, un pibito cantante que sale a robar para llevar a su novia a una casa de comidas rápidas. De repente, corre, se detiene, piensa. El público no comprende si se hizo efectivo el acto, pero, ¿acaso importa? “El todo es más que la suma de las partes” y eso se verifica en Alan quien con su andar exhibe que el sistema económico basado en el consumo es la matriz productora de la delincuencia. De acuerdo con Foucault, en el siglo XVIII el control sobre los cuerpos se presentaba bajo la forma de represión, en cambio, a partir del siglo XX se presenta bajo la forma de estimulación. En la actualidad, agrego, la estimulación de desear bienes materiales conduce a que pibes como Alan roben para obtenerlos. Es entonces cuando el resto de la sociedad aclama por un control a través de la represión sin reconocer que esos delitos son producto de la misma maquinaria del consumo. De este modo, leo como espectadora, es el mismo sistema el que de manera cruenta expulsa e incluye a partir de su control sobre los cuerpos.

Los cuerpos

La película traza una retórica corporal: los cuerpos o reposan o se exponen al frío, la noche, los autos, las balas y, además, al discurso: “Croto, ciruja”, le dice su exsuegra al cartonero; “No laburás, eso no es laburar”, repite su novia; “Esto no es el plan descansar”, le gritan en la oficina donde consigue un trabajo en blanco. Los cuerpos también muestran una cronología de cuyo determinismo no pueden escapar: los pibes más chicos limpian los vidrios de los autos, el cartonero limpia los vidrios de un despacho. Todo es estático. La marcha del carro nos lleva a un único lugar posible: salir a robar. Los pibes chorros Jona y Carlitos, en las actuaciones de Esteban el As y Fili Wey, prestan sus cuerpos a la cadena de corrupción policial, pues es un gendarme quien les brinda la información sobre un dinero que iba destinado al juzgado. Así, el recorrido nos muestra dos caminos: “la calle no da, está re picante. O terminás en cana o terminás muerto. Yo prefiero laburar y terminar roto a terminar muerto”, le dice el personaje que encarna César González a Carlitos hacia el final de la película. En una primera lectura, la dicotomía delineada pibe chorro/trabajador parece productiva, sin embargo, este poeta cineasta abre una frontera, un espacio entre dos: ¿qué clase de trabajo realizan los villeros?, únicamente el que el resto de la sociedad no quiere hacer. Entonces, nos propone: No hay esencia aristotélica, no hay cualidad que preexista al ser, sino sólo potencia. Para Spinoza, leído por Deleuze, leído, a su vez, por César González los seres se definen por la potencia de su cuerpo. Esa misma potencia que llevó a nuestro “pibe chorro” a ser poeta. Esa misma potencia que muestra que los villeros también pueden ser actores, camarógrafos, directores de cine, productores, escritores, artistas.

 

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