“Flores de ruina”, otra de cine con vecinos

El argumento es típico de una comedia negra, que por la mayoría amateur de sus actuaciones roza con lo bizarro: tres mujeres, ancianas y solteras, viven juntas en un campo en el que reciben la visita de un criminal prófugo de la justicia. Flores de ruina está hecha por los vecinos de Saladillo y Polvareda, bajo el comando -guión y dirección- de dos expertos en el trabajo cinematográfico comunitario: Julio Midú y Fabio Junco, docentes de la E.N.E.R.C, creadores de “Cine con Vecinos” y de los “Talleres de Cine Express”.

Ambos profesionales eligen trabajar con gente común, de pueblo, sin por ello encuadrarse en tradiciones fílmicas como la del neorrealismo italiano o el free cinema inglés, sino más bien manteniendo un gustito “casero” en la elaboración de películas, como algo propio del interior bonaernes. Este no es un estreno más de los de fin de año: se trata de una producción independiente y colectiva –la número 25- desarrollada por los directores con la colaboración de decenas de vecinos de estas localidades situadas a unos 180 kilómetros de Buenos Aires. Es decir, estamos frente a otra muestra de ese fenómeno cinematográfico, y que con el apoyo del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales se multiplicó por todo el país a partir del llamado “Cine con Vecinos”. Esto que nació en 1994 en la ciudad natal de los directores pero que desde hace unos cinco años -gracias a la alianza con el INCAA-, reprodujo su experiencia por más de cien barrios, pueblos y ciudades de la Argentina y del exterior, donde Junco y Midú concretan los “Talleres de Cine Express”.

Con un guión escrito en tres semanas y filmado en 11 días, en Flores de ruina las habitante de Saladillo Nélida Augustoni y René Regina (fallecida a principios de año) comparten cartel con la reconocida actriz Ellen Wolf (premio Trinidad Guevara como Mejor Actriz de Reparto por la obra “La omisión de la familia Coleman”, en la versión inicial de Claudio Tolcachir, y con una participación reciente en Relatos Salvajes, de Damián Szifrón). Ellas son el trío principal, desde un inicio nada inocente, en el que por casualidad se verán en posesión de una valija repleta de dinero que varios andan buscando. Además, hay una inspiración real en todo esto: el pueblo convivió durante muchos años, sin saberlo, con un anciano belga que había estado vinculado a las juventudes hitlerianas y había sido condenado en su país. No faltan tiros, sangre, persecución y muertes. Hay también seducción madura y romanticismo. “¿Le gusta Leonardo Favio?”, le pregunta el almacenero de ramos generales a una de las “abuelitas” que revisa discos viejos y que en otra escena se la ve cociendo al lado de un tocadiscos, entonando “Ella, ella ya me olvidó, yo, yo no puedo olvidarla…”. Los toques de humor casi absurdos se mantienen durante todo el largometraje, producto también de la frescura de lo espontáneo, guía de acción de sus directores. Pero hay otra manera de visualizar esta historia, otra capa de lectura posible que no tiene que ver con su guión, ni con su tratamiento técnico o con la (in)experiencia de sus actores: se trata de entender que estas producciones representan un registro de su propia filmación, un documental que pone en pantalla a un pueblo que democratizó el audiovisual en sus instancias de elaboración participativa. Sin estridencias ni grandes recursos: con una camioneta, un rifle, y una pala. Y ganas de vivir el cine como un juego expresivo, del que todos y cualquiera podemos ser parte.

Ficha: Flores de ruina. Ficción. Argentina, 2013. 71 minutos. Estreno: 25 de diciembre, Cine Gaumont. SAM 113 años con reservas.

 

 

 

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