Jodorowsky: el acto poético. Sobre “La danza de la realidad”

La danza de la realidad es una nueva oportunidad (¿quizás la última?) de apreciar su arte en la inmensa pantalla que el cine le otorga.

Recorrer la propia historia, los momentos que en la niñez nos fueron construyendo, a la vez que configuran nuestro ser presente. Esa mirada que desde el hoy volcamos, palabras y silencios que en nuestro presente evocan. La idea de un camino, de un designio que vamos construyendo sin saber, o sin saberlo aún. Los años que nos dicen lo que somos, los pasos que hoy vemos de lo que hemos sido y ya nunca, o quizás siempre, seremos.

Una pantalla como una hoja en blanco, permanente, huidiza. Capítulos, relatos que aparecen, dialogan, confrontan. Realidad ensombrecida, danzante, circense. Fellinianas imágenes que rememoran, y es probable que no haya otro modo de hacerlo: el gran juglar italiano nos ha marcado a fuego el recuerdo.

¿Cómo hablar de Jodorowsky? ¿Tratar de descifrar sus signos, perdernos en las posibles lecturas de una obra abismada? ¿Volcarnos al pensamiento, y entonces pulir de citas acertadas su largo derrotero por el arte y la vida, o la vida en arte? ¿Cómo volver a su obra sin regurgitar su larga historia, sus caminos, su mito?

La danza de la realidad es una nueva oportunidad (¿quizás la última?) de apreciar su arte en la inmensa pantalla que el cine le otorga. Dejarnos llevar para recorrer todos los mundos posibles: aquellos a los que nos invita y aquellos que inventamos cuando en alguna bifurcación nos abandona. Una película que nos ofrece variadas rendijas, a pesar de su omnipresencia en la pantalla y en el relato, cual guía del designio que el espíritu nos depara. Jodorowsky en escena, desplegando sus dotes de narrador, de cuentista, de fabulador.

Volver a la infancia es volver a ese niño que vive, o trata de no ser muerto, en nosotros. Ese delicado sueño que hemos sido, y que una realidad ha forjado. Y a la vez los cuentos de esos otros que con pinceladas de su ser nos fueron templando. La historia de este niño que él fue es también la de su padre, y la de su madre. Es un camino que han compartido por ser, por forjar, por soñar en ese otro tan parecido a ellos, y tan dispar. Ese niño que no son, pero desean ser. Ese suyo, ese hijo.

Un padre que escapa al modelo del dictador, del Stalin que lo persigue y lo asecha en un presidente dictatorial, Ibáñez de ficción y realidad, al cual odia y admira. Su militancia, su trabajo, sus creencias, su experiencia en esta tierra de aprendizajes. Historias como parábolas, con sus restos de enseñanza, moraleja o sumisión. Vencer a los nazis y caer ante los aparatos represivos del Estado, chacales de una verdad que desconocen. Una madre con un padre presente, en su hijo y en su existir, una eterna huérfana. Dama de la oscuridad, de los ancestrales lazos con la divinidad, de la existencia. Sumisa o poderosa, mater(ia).

Un niño que transita la violencia y el poder, de la mano de los sueños e impulsos que chocan con los (de) otros. Una realidad que le parece ajena, aun inmerso en ella: la parábola de las peces, las gaviotas y los hombres arrastrados por el deseo. Angustia, dolor, placer. Jodorowsky continúa construyendo imágenes que se nos vuelven imborrables, conceptos que aplica en la pantalla, vivencias con la capacidad de condensar un todo esquivo. Como esa marcha de apestados por un desierto que los devora; o las imágenes de la tortura, pocas veces tan cruelmente escenificada.

El comienzo nos devuelve al dinero, motor de la vida que nos transita, en tiempos de crisis económicas y de chilenos en la miseria que desde periódicos ensangrentados, nos cuentan parte del hoy. Que no se separa tanto de ese ayer, también abatido por los pesares de la existencia material. Una circularidad de las crisis del capitalismo, aquellas cíclicas, que alimentan la del final. El modelo está agotado, la realidad que transitamos parece pronta a terminar.

Volver al pueblo de la niñez, Tocopilla, filmar allí luego de más de 20 años alejado de la industria cinematográfica. Construir imágenes tan poderosas como execrables, sostener la teatralidad para desde la pantalla cinematográfica continuar incomodando, alertando, exigiendo. Una película como experiencia transformadora, otra más, de nuestro existir. Política, creencias, milagros, destinos, sexo, amor, placer, fracaso. Vacio del lenguaje ante la invocación de la realidad, ese misterio que construimos y del que debemos alejarnos, un tanto ensoñecidos, para intentar aprehender.

 

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