Francisco Sanctis en su laberinto

Durante este 2016 que ya se acaba, el cine argentino siguió fiel a su impronta de diversidad temática y estética a la que nos tiene bien acostumbrados. Sin embargo sigue siendo mucho más usual encontrar películas colmadas de intenciones que no logran interpelar al público, que las que llegan a conmover con una propuesta audaz, certera y a la vez potente como para generar un cambio en su percepción de la realidad. La larga noche de Francisco Sanctis tiene sus motivos para quedar en la historia, principalmente por haberse convertido en el caballo de Troya del cine político argentino.

La película dirigida por Andrea Testa y Francisco Márquez tomó por asalto el 18° Bafici al llevarse el premio a la Mejor Película de la competencia internacional y, casi en simultáneo, formó parte de la prestigiosa sección Un certain regard en el Festival de Cannes, donde llegó sin necesidad de lobby, ni estrellas en su elenco ni multinacionales de peso en la producción o distribución. Logró conquistar esos valiosos espacios a fuerza de solidez, sobriedad, y situándose muy al margen de las modas y los clichés.

La larga noche de Francisco Sanctis es una película sobre la dictadura, pero no es otra película sobre la dictadura. Uno de sus grandes méritos es el de haber generado la pregunta de quién diablos es Humberto Costantini. El autor de la novela homónima que eligieron Testa y Márquez para adaptar, desconocido para el gran público, secreto para el cine argentino, militó en el PRT-ERP, se exilió en México, volvió al país con la democracia, murió de cáncer y en el medio osó titular Yanquis Hijos de Puta a un poema suyo. En términos marxistas: en un procedimiento de tradición selectiva, Costantini pasó a formar parte del Olimpo de escritores que problematizaron la dictadura gracias a la elección de estos jóvenes directores, que a la vez se nutrieron de un texto singular y subrayaron esa singularidad en la factura del film.

La película se anima a explicitar un ejercicio, y es el de utilizar a la ficción como un eficaz instrumento al servicio de una reflexión política. Trabaja como una bomba de tiempo en diferentes sentidos: articulando de una manera inquietante lo temporal y lo alegórico. Sobre un eje que es el de la economía narrativa y estética, potenciada por un rico fuera de campo, penden sus escasos personajes, sus escuetos diálogos, su punto de vista externo y extrañado. Esa escasez genera, paradójicamente, una sensación irrespirable, asfixiante, de huir para adelante, de callejón sin salida.

Son las huellas del Francisco Sanctis del título las que seguimos. Un hombre común, de a pie, igual a todos los empleados de corbata, chaleco y bigotes. Un hombre de clase media que trabaja, tiene una mujer y dos hijos. Corren los años 70: lo sabemos por la ropa, los peinados, el maquillaje de la mujer de Sanctis y los pantalones Oxford. El mobiliario de la oficina del mayorista, el colectivo, y pocos datos más. No hay exceso de referencias ni en el arte ni en el guión. La dictadura no necesita material de archivo para hacerse presente, porque la opresión se hace carne. La familia de Sanctis vive en un departamento minúsculo; el premio por la labor del empleado del mes no es el ansiado ascenso sino una caja de artículos alimenticios. El terrorismo del Estado está al servicio de la imposición de un plan económico de vaciamiento y destrucción del aparato productivo.

A aquel hombre ordinario, en cuyo rostro se adivina el agobio, le ocurre algo extraordinario. Y es que una vieja amiga de la facultad, Elena Vaccaro, vuelve del más allá de la juventud para pedirle permiso para publicar un (pecaminoso) poema de juventud en una revista venezolana. Este excéntrico pretexto le sirve a la mujer para poner en marcha su plan, que es el de vomitarle a Sanctis un secreto e imponerle un dilema moral: el ser o no ser de aquellos días, y de siempre. Esta carga que ahora pesa sobre sus hombros lo convierte en alguien distinto. Lo expulsa a la noche como un indiferente con capacidad de redención.

Julia Cardini. Bernardo Lipstein. Lacarra 6072.

Los van a ir a buscar. Son datos de la Aeronáutica. Sanctis nada tiene que ver con esos nombres y esa dirección, pero los recuerda. No es un héroe ni quiere serlo, sin embargo esgrime la excusa de un vino para salir de la casa. No es cómodo salir a la noche, al frío, al suburbio impreciso pero empobrecido donde vive. Pero sale. Cuando se encuentra una pareja en las calles oscuras, se vuelve su perseguidor y queda preso en un laberinto de luces y sombras, donde el cine hace lo propio con el espectador. Nuestro protagonista busca, se pierde y se arrepiente. Llama a su esposa desde uno de esos teléfonos públicos anaranjados de Entel.

La larga noche de Francisco Sanctis es una película despojada de humor, como si hace rato a sus personajes no les quedara resto para semejante lujo. Perugia, viejo amigo que Francisco frecuenta y encuentra en un bar, no tiene prurito en utilizar la sorna y la ironía contra él, porque le va bien. “¡Estudiante y proletario, puño en alto!”, se burla. Desde ese presente es casi un derecho ridiculizar al idealismo.

Despierta, compañera
que las masas nos esperan.
Si insistes en dormir,
la batalla perderás.

Despierta compañera,
Y si el temor te paraliza
piensa en la sonrisa del obrero en rebeldía.

Pero es la irrupción de un tal Lucho en la conversación la que pone en relación de tamaño a su tarea: Lucho es joven, militante y vecino. La madre le tiró todo a la basura por miedo, le remarca su mujer en la cocina. El sí tiene razones de peso para que lo persigan. Sanctis piensa, quizás, que hay en Lucho una compulsión a abrazar la humanidad sin importar las consecuencias que erróneamente su amiga creyó que él tenía. Porque creía en él.

El encuentro con Lucho forma parte de una escena antológica, que es a la vez una puesta en abismo. Francisco lo sigue hasta un cine. Se escabulle detrás de él y se sienta a su lado en la sala. La película que se proyecta es Las turistas quieren guerra, una comedia de Olmedo y Porcel de esas tan populares del cine pasatista de la época. Es del año 77, para más datos. Mientras Francisco intenta desembarazarse de su carga, queda claro que nada tiene que ver él con la militancia. Lucho no está viendo la película sino esperando una cita, de la cual depende su vida. Las lágrimas en su rostro en un primer plano y las risas chabacanas del público fuera de campo generan una tensión que llega al paroxismo. Es que hay un trabajo de artificialidad y extrañamiento (en este y otros planos) que hace estallar el sentido. Subjetivas sutilmente coladas en el relato inyectan paranoia; la escena del encuentro con Elena Vaccaro en el auto filmada en estudio y sin intención de realismo; la manera dramática, teatral, de retratar los rostros de los pasajeros en el colectivo.

Francisco Sanctis sale expulsado del cine a la noche. Los rostros. El silencio, los pasos y los perros. Algo le ha sucedido a ese hombre pusilánime que no puede volver a su casa tranquilo. Algo lo lleva a seguir adelante en soledad. ¿Llegará a la puerta de Lacarra 6072? ¿Se animará a tocar el timbre, a esperar a que alguien salga? ¿Cómo seguirá su vida después de eso?

La potencia de la propuesta de Testa y Márquez reside allí: en la odisea de un hombre común que se enfrenta a un punto de inflexión en su vida, que es el de salir de su encierro simbólico e involucrarse. Saberse y aceptarse parte de una comunidad. Es con ese pequeño gesto de conciencia con el que nace un hombre lúcido, un hombre convencido, un militante.

¿No sabe cómo puedo hacer para cruzar del otro lado?

En las propias palabras de los directores: “Lo que nos interesó cuando leímos la novela de Humberto Costantini es que aborda la dictadura desde un lugar que el cine no ha trabajado. No desde un militante o desde un militar sino desde un personaje de clase media que está, aparentemente, afuera del conflicto. (…) Se puede estar por fuera de la historia? ¿Podemos permanecer ajenos a la situación política que nos rodea? ¿Cuál es la responsabilidad de esa llamada mayoría silenciosa en el devenir de los hechos? Son todos interrogantes que en la dictadura se expresaron trágicamente pero que a su vez son muy actuales. Por eso no pensamos que sea una película solo sobre los años 70 sino más bien creemos que trata sobre la voluntad y el compromiso.”

A raíz de la reciente publicación del libro Las rupturas del 68 en el cine de América Latina, Mariano Mestman, su compilador, remarcó que en el cine del 68 hubo uno discusión estética y política. Relacionando luchas se disparan inevitablemente las preguntas sobre el presente: ¿cuándo abandonamos esa discusión? ¿por qué? ¿cuándo y por qué asumimos que eran dos discusiones distintas y no una?

Felizmente La larga noche de Francisco Sanctis repone sentidos y viene a plantear interesantes hipótesis sobre la relación entre estética y política en el cine argentino contemporáneo. Testa y Márquez tienen a su favor la lucidez política (un capital enorme como artistas que ya habían demostrado en sus films en solitario: Después de Sarmiento y Pibe chorro), y el mérito remarcable de haber creado una película que permite, como pocas en los últimos años, encarar una discusión formal dentro del campo cinematográfico, pero a la vez es capaz de sacudir espíritus y generar debates esenciales en ámbitos más volátiles, como el político-militante.

 

Tags:
blog comments powered by Disqus