En la selva no hay estrellas, de Armando Robles Godoy

Por Álvaro Bretal

En la selva no hay estrellas, el segundo largometraje del cineasta peruano Armando Robles Godoy, abre con un enfrentamiento cuerpo a cuerpo entre dos hombres. El forcejeo, transpirado y caótico, ocurre en el piso, en medio de la selva de Iquitos, y se resuelve con un disparo. La escena es tensa y su desenlace no implica ningún alivio para el ganador. El protagonista, llamado en los créditos simplemente “El Hombre” (interpretado por el argentino Ignacio Quiroz), no demuestra ninguna clase de calma ni alegría durante la hora y media de película. No tiene motivos para hacerlo: es un personaje codicioso y agresivo, que entre el follaje selvático se descubre a sí mismo como el peor enemigo posible. El gran conflicto del film no se desarrolla contra otros hombres blancos ni contra la tribu a la cual le quiere robar el oro; es la naturaleza la que le muestra su propia oscuridad. En la selva no hay estrellas puede ser catalogada como una película de aventuras, siempre y cuando se deje de lado cualquier concepción festiva o dinámica de la aventura. Tampoco es una película psicologista ni cargada de acción. Es, por el contrario, una obra climática y arisca, donde la densidad de los árboles y el clima húmedo amoldan y absorben a un hombre revulsivo. No da respiro pero tampoco apabulla, desagrada sin torturar, sugiere el espesor de las arenas movedizas.

Cuando se estrenó en Perú, a mediados de 1968, En la selva no hay estrellas ya había ganado el primer premio en el Festival Internacional de Moscú el año anterior. Hacia fines de los sesenta la cinematografía peruana no estaba atravesando un momento prolífico y este premio significó un hito histórico, que marcaría la filmografía de su director. Más adelante, Robles Godoy sugeriría que se trató de su primera película, si bien en 1965 había estrenado Ganarás el pan, su verdadera opera prima, hoy en día inconseguible. El hecho de que el primer film de uno de los directores más importantes de Perú se encuentre perdido dice mucho de las políticas de conservación cinematográfica del país. La situación de En la selva no hay estrellas fue similar durante muchos años, hasta que en el año 2005 se encontró una copia en Rusia.

La segunda película de Robles Godoy tiene a la selva como personaje central y, en comparación, todos los personajes humanos son opacos y anónimos. Se sitúa a medio camino entre los films de corte clásico donde hombre y naturaleza compiten por el protagonismo y ciertos documentales más recientes donde los entornos naturales directamente desplazan todo rastro de humanidad. No hay, tampoco, un nexo metafórico ni psicologista entre la selva de Iquitos y “El Hombre” – como sí lo hay, por ejemplo, en Fitzcarraldo de Werner Herzog. Mejor aún, la selva no está concebida como una carrera de obstáculos donde el protagonista debe afrontar sucesivamente a los indígenas, los animales salvajes, los embates climáticos y demás situaciones problemáticas. En el film de Robles Godoy la selva es un todo indivisible, calmo en su hostilidad. Rechaza al intruso sin una violencia explícita, lo abraza hasta asfixiarlo, lo sumerge en la oscuridad que adelanta el título: incluso cuando entre las copas de los árboles podemos divisar un cielo celeste, el plano en que se desarrolla la acción es la tierra húmeda y el follaje frondoso cercano al piso. En los planos de En la selva no hay estrellas apenas corre aire.

Robles Godoy estrenó la película a sus 44 años. Antes de dedicarse a la realización cinematográfica vivió en la selva durante ocho años junto a su hermano, comercializando café. Este viaje, que él llamaba “de colonización”, fue la inspiración central para el film y el relato en el que está basado. La solidez narrativa de En la selva no hay estrellas va de la mano con una puesta en escena rigurosa, llamativa en un país donde apenas se habían realizado películas de ficción desde la década del cuarenta. Los equipos utilizados son argentinos –se trata de una coproducción entre ambos países–, tal vez porque fueran mejores que los que podían conseguirse en Perú. La notable calidad técnica, sin embargo, no es suficiente para explicar la textura densa y el complejo trabajo sonoro, gracias al cual la ominosidad de la selva se multiplica. Los cuerpos rozando con el follaje y los sonidos siempre presentes de animales alterados por la irrupción humana se mezclan con la agitación del protagonista y sus voces internas. Se genera, así, una gruesa capa de caos que por momentos se confunde con la música fuertemente percusiva de Enrique Pinilla. Los silencios son todavía peores: representan la certeza de que la muerte y la locura están cerca, esperando al protagonista para atacarlo e impregnarse, como los recuerdos de una infancia pobre que lo acechan con frecuencia.

Como esas películas nocturnas donde apenas se distinguen las figuras, En la selva no hay estrellas transmite abstracción y atemporalidad. A diferencia de otros films donde el hombre urbano civilizado llega a territorio desconocido, como Deliverance (John Boorman, 1972) o Wake in Fright (Ted Kotcheff, 1971), acá no hay nada parecido a un “choque de culturas”. Los indígenas forman parte de la indefinición, tan vagos como los fantasmas, los sueños y las lluvias torrenciales que envuelven al protagonista. La única auténtica luminosidad aparece durante los flashbacks: una caminata junto a otro hombre al costado de las vías del tren, discusiones de pareja y los ya nombrados recuerdos de la infancia constituyen piezas clave del recorrido que llevó al Hombre a las entrañas de la selva. La violencia ya aparecía allí, en el maltrato a su novia y en un asesinato a sangre fría. En algunos de estos flashbacks el Hombre se destaca como un individuo solitario entre montañas descomunales y paisajes desérticos. Bajo ese sol tremendo se fueron construyendo las ideas de robo y crimen, de zafar a toda costa, de dar un gran golpe afortunado para no tener que volver a trabajar.

Ese mismo sol guía a nuestro protagonista a las aguas turbias y el desamparo húmedo de la selva de Iquitos, que es filmada por Robles Godoy con el mismo distanciamiento moral con que ciertos cineastas italianos filmaban las selvas sudamericanas en sus películas sobre caníbales de fines de los setenta y comienzos de los ochenta. La diferencia es que en el cine de directores como Umberto Lenzi o Ruggero Deodato los indígenas, más allá de la crueldad del hombre blanco, representan todo aquello que no pertenece a la sociedad occidental y, en consecuencia, resulta incomprensible y peligroso. En En la selva no hay estrellas, el horror absoluto es la codicia del Hombre, frente a la cual los demás personajes –sobre todo el personaje central: la selva– no pueden más que defenderse. La cámara de Robles Godoy, en movimiento constante, sigue al cuerpo de Ignacio Quiroz con una fascinación casi documental por sus actividades cotidianas de supervivencia. También lo sigue en engaños, crímenes y unas peleas conyugales que, por culpa de diálogos forzados y actuaciones mediocres, resultan ser lo más flojo de la película.

Como film psicológico, En la selva no hay estrellas es demasiado burdo: el protagonista enuncia sus metas y argumenta sus motivos; apenas hay enigma ni densidad. Como película física y muscular funciona un poco mejor, aunque decae con frecuencia por sus cambios de ambiente y fascinación geográfica. Me gusta pensar, por el contrario, que se trata de un film-pesadilla, donde la decadencia no acepta límites espaciales ni temporales. El Hombre arrastra su amoralidad por todos los territorios que pisa, y eso hace que su mundo entero se vuelva irrespirable. Hasta los diálogos forzados funcionan mejor vistos desde esta óptica, aportando a un clima de confusión y enrarecimiento. Lo urbano no está presente (apenas, en la memoria); mucho menos cualquier referencia política o social. Robles Godoy subvierte toda mirada idílica de la naturaleza y sus paisajes, convirtiéndolos en un laberinto de tierra y humedad. Esos paisajes no son una metáfora del caos psicológico del Hombre, sino el marco en el que actúa. Son, entonces, la forma de su muerte. En la selva no hay estrellas intenta construir esa forma, que es también la de la reiteración y el tedio, la ausencia de aventura, la lógica circular del crepúsculo infinito y la consecuente desesperación.

 

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